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Aprende el arte de la autoaceptación

Publicado Por: Javier En:


También he tenido la experiencia de que mi poder superior parece rehusarse a intervenir en mis circunstancias hasta que yo acepte lo que Él me ha dado ya. La aceptación no es para siempre. Es para el momento presente. Pero debe ser sincera y a pecho. ¿Cómo logramos este apacible estado? ¿Cómo clavamos la vista en la cruda realidad sin parpadear o cubrirnos los ojos? ¿Cómo aceptamos las pérdidas, los cambios y los problemas que la vida y la gente nos deparan? No sin un poco de llanto y pataleo.

Aceptamos las cosas por medio de un proceso de cinco pasos. Elisabeth Kübler-Ross fue quien primero identificó las etapas y el proceso mediante el cual la gente moribunda acepta su muerte, la pérdida más grande. Lo llamó el proceso de pena. Desde entonces, los profesionistas del campo de salud mental han observado a la gente atravesar estas etapas cada vez que enfrentan cualquier pérdida. La pérdida puede haber sido menor —un billete de diez mil pesos, no recibir una carta esperada— o pudo haber sido significativa —la pérdida del cónyuge por medio del divorcio o de la muerte, la pérdida de un empleo—. Aun los cambios positivos conllevan una pérdida —como cuando compramos una casa nueva y dejamos la anterior— que nos obliga a atravesar las siguientes cinco etapas.

1. La Negación

La primera etapa es la negación. Este es un estado de shock, de aturdimiento, de pánico y de una negativa general a aceptar o a reconocer la realidad. Hacemos todo y nada para que las cosas vuelvan a estar en su lugar o nos decimos que no sucede nada. En esta etapa hay mucha ansiedad y miedo. Las reacciones típicas de la negación incluyen: rehusarse a creer en la realidad (“¡esto no puede ser!”); negar o minimizar la importancia de la pérdida (“No es para tanto”); negar cualquier sentimiento que exista acerca de la pérdida (“No me importa”); o evitarla mentalmente (durmiendo, obsesionándonos, teniendo conductas compulsivas, y manteniéndonos ocupados). Podemos sentirnos un tanto apartados de nosotros mismos, y nuestras respuestas emocionales pueden ser planas, inexistentes o inapropiadas (reír cuando deberíamos llorar; llorar cuando deberíamos estar contentos).

I.—                                                                                                                     Estoy convencida de que mostramos la mayoría de nuestras conductas codependientes en esta etapa, obsesionándonos, controlando, reprimiendo sentimientos. También creo que muchas de nuestras sensaciones de “locura” están vinculadas a esta etapa. Nos sentimos enloquecer porque nos estamos mintiendo. Nos sentimos enloquecer porque creemos en las mentiras de otras personas. Nada nos ayudará con más rapidez a sentir que estamos enloqueciendo que caer en la mentira de los demás. Creer en mentiras rompe el núcleo de nuestro ser. La parte profunda, instintiva de nosotros sabe la verdad, pero hacemos a un lado esa parte diciéndole, “Estás mal, Cállate”. De acuerdo con el consejero Scott Egleston, decidimos entonces que hay algo fundamental que está mal en nosotros por tener sospechas, y nos catalogamos a nosotros mismos y a la parte más profunda e intuitiva de nuestro ser como poco dignos de confianza. Cualquier cosa que neguemos no la negamos por ser estúpidos, necios o deficientes. Ni siquiera nos mentimos conscientemente. “La negación no es mentir”, explica NoeI Larsen, un psicólogo con licencia. “Es impedirte saber lo que es la realidad.” La negación es el espantajo de la vida. Es como dormir. No estarnos conscientes de nuestras acciones hasta que las hemos cometido. Nosotros, en algún nivel, realmente creemos las mentiras que nos decimos a nosotros mismos. También para ello existe una razón. “En tiempos de gran estrés, cerramos emocionalmente nuestra conciencia, a veces la cerramos intelectualmente, y en ocasiones la cerramos físicamente”, explica Claudia L. Jewett en (Ayudando a los niños a superar la separación y la pérdida). Opera un mecanismo interconstruido para desechar información devastadora e impedir que nos sobrecarguemos. Los psicólogos nos dicen que la negación es una defensa consciente o inconsciente que todos usamos para evitar, reducir o prevenir la ansiedad cuando nos vemos amenazados, prosigue Jewett. La empleamos para cerrar nuestra conciencia de cosas que sería demasiado perturbador saber. La negación es la que absorbe el shock para el alma. Es una reacción instintiva y natural al dolor, a la pérdida y al cambio. Nos protege. Nos guarda de los golpes de la vida hasta que podemos reunir nuestros otros recursos para afrontarlos.

M.—

2. La Ira

Cuando hemos dejado de negar nuestra pérdida, entramos en la siguiente etapa: la ira. Nuestra ira puede ser razonable o irracional. Podernos tener justificación para ventilar nuestra ira, o podemos ventilar nuestra furia de modo irracional sobre cualquier cosa o cualquier persona Podemos culpar por nuestra pérdida a nosotros mismos, a Dios, o a cualquiera que esté a nuestro alrededor. Dependiendo de la naturaleza de la pérdida, podemos estar un poco malhumorados, un tanto enojados, verdaderamente furiosos o atrapados en un arrebato de cólera sacudidor. Por eso, poner a alguien en su lugar, mostrarle la luz o confrontar un problema serio a menudo no resulta de la manera que esperábamos. Si negamos una situación, no nos iremos directamente a la aceptación de la realidad, nos iremos a la ira. También por eso necesitamos tener cuidado con las confrontaciones mayores. “La vocación de poner a la gente en su lugar, de quitarle la máscara, de forzarlos a encarar la verdad reprimida, es una vocación altamente peligrosa y destructiva”, escribió John Powell en (¿Por qué tengo miedo de decirte quién soy?). Él no puede vivir con una parte de apreciación. De una manera o de otra, mantiene intactas sus piezas psicológicas por alguna forma de autoengaño… Si las piezas psicológicas se despegan, ¿quién las recogerá y recompondrá al pobre Humpty Dumpty Humano? He sido testigo de actos atemorizantes y violentos cuando la gente finalmente enfrenta una verdad largo tiempo negada. Si estamos planeando una intervención, necesitamos buscar ayuda profesional.

I.—

3.  El Regateo

 

Después de habernos calmado intentamos regatear con la vida, con nosotros mismos, con otra persona, o con Dios. Si hacemos esto y esto o si otro hace esto o aquello, entonces no sufriremos la pérdida. No estamos intentando posponer lo inevitable; intentamos prevenirlo. A veces los tratos que negociamos son razonables y productivos: “Si mi cónyuge y yo vamos a terapia, no tendremos que perder nuestra relación”. En ocasiones nuestros regateos son absurdos: “Solía pensar que si tan sólo mantenía más limpia la casa o si limpiaba muy bien el refrigerador en esta ocasión, mi esposo no bebería más”, recuerda la esposa de un alcohólico.

4. La Depresión

Cuando vemos que nuestro regateo no ha funcionado, cuando finalmente estamos exhaustos de nuestra lucha por apartar la realidad, y cuando decidimos reconocer lo que la vida nos ha dado nos entristecemos, a veces nos deprimimos terriblemente. Esta es la esencia de la pena: el luto en su máxima expresión. Esto es lo que habíamos tratado de evitar a toda costa. Este es el tiempo de llorar, y eso duele. Esta etapa del proceso comienza cuando humildemente nos rendimos, dice Esther Olson, una terapeuta familiar que trabaja con la pena, o, como ella le llama, “con el proceso de perdón”. Desaparecerá, dice ella, sólo cuando se ha trabajado completamente el proceso.

 

 

M.—

5. Aceptación

         Hemos llegado al punto más importante. Después de que hemos cerrado los ojos, pataleado, gritado, negociado y finalmente sentido el dolor, llegamos al estado de aceptación.

         “No es un resignado y desesperado darse por vencido, una sensación de ¿de qué sirve? o de ‘no puedo luchar contra eso por más tiempo’, aunque también escuchamos tales afirmaciones”, escribió Elisabeth Kübler-Ross.

También indican el principio del fin de la lucha, pero las últimas no son indicaciones de aceptación. La aceptación no debe confundirse con una etapa feliz. Es un nivel casi vacío de sentimientos. Es como si el dolor se hubiera ido, y la lucha hubiera terminado…

         Estamos en paz con lo que es. Somos libres de quedarnos; libres de continuar; libres de tomar cualquier decisión que necesitemos tomar. ¡Somos libres! Hemos aceptado nuestra pérdida, sea esta menor o significativa. Se ha vuelto una parte aceptable de nuestras circunstancias actuales. Estamos a gusto Con ella y con nuestra vida. Nos hemos ajustado y reorganizado. Una vez más, estamos cómodos con nuestras circunstancias presentes y con nosotros mismos.

         No sólo estamos a gusto con nuestras circunstancias y con los cambios que hemos sufrido también creemos que de alguna manera nos hemos beneficiado con nuestra pérdida o cambio aunque no podamos comprender completamente por qué o cómo. Tenemos fe en que todo está bien, y hemos crecido con nuestra experiencia. Creemos profundamente que nuestras circunstancias actuales —en todos sus detalles— son exactamente como debían de ser por el momento. A pesar de nuestras lágrimas, sentimientos, luchas y confusión, entendemos que todo está bien aunque nos falte una percepción completa del asunto. Aceptamos lo que es. Nos conformamos. Dejamos de correr, de agachar a cabeza, de controlar y de escondernos. Y sabemos que sólo desde este punto podemos seguir hacia adelante.

         Así es como la gente acepta las cosas. Además de ser denominado el proceso de pena, la consejera Esther Olson lo llama el proceso de perdón, “y la manera en que Dios trabaja con nosotros”. No es particularmente cómodo. De hecho, es difícil y a veces doloroso. Podemos sentirnos como si nos estuviéramos partiendo. Cuando comienza el proceso, generalmente sentimos un estado de shock y de pánico. A medida que avanzarnos por las diferentes etapas, a menudo nos sentimos confundidos, vulnerables, solos y aislados. Generalmente está presente una sensación de pérdida de control, al igual que de esperanza, la cual a veces es poco realista.

         Probablemente pasaremos por este proceso a causa de cualquier hecho en nuestras vidas que no hayamos aceptado. Una persona codependiente o una persona químicamente dependiente puede estar en muchas etapas del proceso de pena a causa de varias pérdidas, todas a un tiempo. La negación, la depresión, el regateo y la ira pueden venir todas en avalancha. Podemos no saber qué es lo que tratamos de aceptar. Incluso podemos ignorar que estamos luchando por aceptar una situación. Simplemente nos sentimos como si nos estuviéramos volviendo locos.

         No es así. Familiaricémonos con este proceso. El proceso entero puede tener lugar en treinta segundos si se trata de una pérdida menor; puede durar años o la vida entera cuando la pérdida es significativa. Como este es un modelo, podemos no ir por las distintas etapas exactamente como las he delineado. Podemos ir y venir de la ira a la negación, de la negación al regateo, del regateo una vez más a la negación. Sin importar la velocidad y la ruta que emprendamos en nuestro viaje a través de estas etapas, debemos atravesarlas. Elisabeth Kübler-Ross dice que no sólo es un proceso normal, sino que es un proceso necesario, y cada etapa es necesaria. Debemos protegemos de los golpes de la vida con la negación hasta que estemos mejor preparados para manejarlos. Debemos sentir ira y culpa hasta que las expulsemos de nuestro cuerpo. Debemos tratar de negociar, y debemos llorar. No es necesario dejar que las etapas dicten nuestras conductas, pero cada uno de nosotros, para nuestro propio bienestar y aceptación final, necesita pasar individualmente un tiempo adecuado en cada etapa. Judi Hollis citó a Fritz Perls, el padre de la terapia de la Gestalt, de esta manera: “La única manera de salir es atravesando”.

         Somos seres fuertes. Pero, en muchos sentidos, somos frágiles. Podemos aceptar el cambio y la pérdida, pero lo logramos a nuestro propio ritmo y a nuestra propia manera. Y sólo nosotros y Dios podemos determinar la duración.

         “Sanos son quienes viven el duelo”, escribe Donald L. Anderson, ministro religioso y psicólogo, en Better Than Blessed (Mejor que benditos). “Sólo recientemente hemos empezado a darnos cuenta de que negar la pena es negar una función humana natural y que tal negación a veces produce espantosas consecuencias”, prosigue.

La pena, como cualquier emoción auténtica, va acompañada por ciertos cambios físicos y por la liberación de una forma de energía psíquica. Si esa energía no se gasta en el proceso normal de apesadumbramiento, se vuelve destructiva dentro de la persona… Incluso la enfermedad física puede ser el castigo por una pena no resuelta… Cualquier evento, cualquier percepción que contenga un sentido de pérdida para ti puede, y debe, hacernos vivir un duelo. Esto no significa una vida de tristeza incesante. Significa estar dispuestos a admitir un sentimiento honesto en vez de siempre tener que reír para huir del dolor. No sólo es permisible admitir la tristeza que acompaña a cada pérdida, es la opción sana.

         Podemos darnos permiso de pasar por este proceso cuando enfrentamos pérdida y cambio, incluso pérdidas y cambios menores. Seamos dóciles con nosotros mismos. Este es un proceso agotador. Puede drenar casi toda nuestra energía y sacarnos de equilibrio. Miremos cómo atravesamos las etapas y sentimos lo que necesitamos sentir. Hablemos con la gente, con la gente que está a salvo y nos brindará el consuelo, el apoyo y la comprensión que necesitamos. Hablemos de ello; hablemos largamente. Una cosa que me ayuda es dar gracias a Dios por la pérdida —por mis circunstancias actuales— sin importar cómo me sienta o qué piense acerca de ellas. Otra cosa que ayuda a mucha gente es la plegaría de la serenidad. No debemos actuar o comportarnos de manera inadecuada, pero necesitamos atravesar este proceso. Otros lo hacen también. Comprender este proceso nos ayuda a ser un apoyo mayor para los demás, y nos da el poder para decidir cómo nos comportaremos y qué haremos para cuidar de nosotros cuando nos toque atravesarlo.

         Aprende el arte de la aceptación. Causa mucha pena.


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