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A cada cual su misión: Descubrir el proyecto de vida

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A cada cual su misión: Descubrir el proyecto de vida

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Continuamos leyendo el libro A cada cual su misión. Descubrir el proyecto de vida, de Jean Monbourquette

M.—

Encontrar un sentido a la vida después de la ofensa

Las etapas anteriores fueron necesarias para asegurar la curación emocional del ofendido. Una vez emprendida esta marcha, el ofendido tendrá que liberarse y distanciarse de sus vivencias emocionales, sin negarlas desde luego. Este distanciamiento le permitirá situar mejor la ofensa en el conjunto de su vida y deducir de ello un sentido para asegurarse una razón de existir. Dada la importancia de esta etapa para la curación espiritual, le he reservado la sección final de este capítulo: «Las misiones que se derivan de las pérdidas y de las heridas».

Ahondar en los recursos espirituales

La curación de una herida, tal como la hemos descrito a lo largo de las etapas anteriores, prepara el corazón para perdonar. Pero eso no es más que el esbozo del perdón. Porque el perdón, como indica la etimología de la palabra, significa «don perfecto». Pues bien, un don semejante llevado a la perfección del amor supera ampliamente las fuerzas humanas. «Vengarse es humano, pero perdonar es divino», afirma el proverbio. El perdón excede siempre todos los esfuerzos de la voluntad humana, por muy generosa y magnánima que pueda ser. Exige un plus de amor, una gracia especial que sólo puede venir de Dios.

I.—

Las religiones tradicionales lo reconocen unánimemente: «Dios es el único que puede perdonar». La psicología se pregunta actualmente si es posible el perdón sin la ayuda de Dios. Sí, responden algunos psicólogos humanistas que hacen del perdón una simple técnica terapéutica. Yo no puedo admitirlo, ya que entonces se corre el peligro de reducir el perdón a un medio de curación, desviándolo de su finalidad propia que es la superación en el amor a los enemigos. Lo que permite realizar un gesto de tan alta generosidad como es el perdón es el sentimiento profundo de ser amado y perdonado de forma incondicional por Dios. En efecto, ¿cómo se puede amar si no se tiene el sentimiento de haber sido amado? Del mismo modo, ¿cómo se puede perdonar si no se tiene la íntima convicción de haber sido perdonado? El «perdonador» goza de la gracia divina que confiere un amor completamente especial que supera todo amor humano. Es esa gracia la que le permite perdonar. De hecho, el perdón que él concede no es más que el eco del perdón que Dios le ha concedido antes a él. Hasta cierto punto, el «perdonador» no es el autor de su perdón, sino el sujeto del perdón divino. Sólo la fuerza del perdón recibido de Dios hace al ser humano capaz de perdonar a su vez. En resumen, el perdón es el fruto de la colaboración entre el esfuerzo humano y el don de Dios. Impide caer en la trampa del deseo de venganza; hace tomar conciencia de la propia herida y la cura; restablece la autoestima y la confianza en los recursos propios; nos recuerda que con la gracia de Dios tenemos poder para crear auténtica novedad. El perdón nos abre al porvenir y hace posible la realización de nuestra misión.

M.—

Las misiones que se derivan de las pérdidas y de las heridas

Viktor Frankl no compartía el pansexualismo de Freud, según el cual el principio de placer era la motivación principal del obrar humano. Durante la segunda guerra mundial, Viktor Frankl estuvo en los campos de concentración nazis. Salió de ellos con la convicción de que la única razón que le impidió suicidarse fue estar convencido de que la vida tiene un sentido y que era a él a quien le correspondía encontrarlo. De su experiencia concluyó que ni la voluntad de placer ni la voluntad de poder comandaban al ser humano, sino más bien la voluntad de dar un sentido a la propia vida. A propósito de los prisioneros de los campos de concentración, escribe: « ¡Ay de los que entonces no encontraban sentido a su vida, de los que no tenían ya ningún objetivo, ninguna razón para seguir adelante! ¡Ya estaban condenados!». Y añade que, sea cual fuere el grado de sufrimiento al que uno está sometido, siempre es posible encontrar una razón de ser o de vivir. El vacío creado por la ausencia de un ser querido o por la pérdida de un bien precioso exige ser llenado eventualmente. Para vivir en plenitud, y no solamente subsistir, la persona en duelo o la víctima puede y debe encontrar un nuevo sentido a su vida. Después de la muerte de su marido, una mujer me confiaba: «Mi vida se parece a un libro con sus páginas en blanco. No sé qué escribir en él». Le pregunté entonces qué título daría a su libro. Tras un momento de vacilación, exclamó: «¡Sigue adelante, Chantal!».

I.—

Es muy notable y hasta paradójico que frecuentemente muchos descubren una nueva orientación para su vida en vinculación con la pérdida o la herida que han sufrido. Su vocación emerge de sus duelos, de sus sinsabores o de sus pruebas. Pienso en aquella mujer que, víctima de la violencia conyugal, fundó una casa para mujeres maltratadas; en aquella pareja, cuyo hijo fue matado por un conductor borracho, que se entregó a la misión de forzar a las autoridades a mostrarse más dinámicas en castigar a los conductores ebrios; en aquel parapléjico que ocupa lo mejor de su tiempo en recoger fondos para ayudar a otras personas inválidas. Son muchos los ejemplos que podría citar.

Las personas con alguna minusvalía o las víctimas de una enfermedad crónica se muestran, no pocas veces, como los mejores ayudadores. Han sido ellas las que han fundado la mayor parte de los organismos de ayuda mutua que encontramos en la sociedad. Como consecuencia de su desgracia, han sacado de sus recursos personales, ignorados hasta entonces, energías para curarse a sí mismas y para ayudar a otros a curarse. Esas personas comprenden mejor a los que sufren un mal semejante al suyo; conocen los caminos de la curación. Puede decirse que se han iniciado en la vocación de «sanadores heridos».

M.—

Son muchas las personas que han encontrado, como consecuencia de una prueba, una nueva razón para vivir.

Por el contrario, otros se dejan caer en la depresión, juegan a ser mártires, alimentan un tenaz malhumor o piensan en el suicidio. Los que escogen mantenerse en esos estados emocionales acaban perdiendo aún más. En una conferencia que pronuncié en París, expuse la posibilidad de dar un nuevo sentido a la propia vida después de la muerte de un ser querido. Sufrí entonces los rayos coléricos de una mujer sumida en el duelo por la muerte de su hijo. Se puso a atacar a todo el mundo de la sanidad, médicos y psicólogos incluidos. Tuve la impresión de que sentía más satisfacción en exhibir en público su cólera de madre desolada que en trabajar por hacer el duelo de su hijo y encontrar un sentido a su sufrimiento. Me hice la siguiente reflexión: una rabia como aquella contra los médicos, enfermeros y todo su entorno tendrá, un día u otro, efectos nocivos sobre la salud de algún otro miembro de la familia de esta mujer. Y pude comprobar el acierto de mi predicción cuando supe que otro hijo suyo había muerto de leucemia.

No se trata ciertamente de negar la desgracia que nos aflige. Pero, como recuerda Viktor Frankl, siempre tenemos la posibilidad de modificar nuestra actitud ante la desgracia para vivirla mejor.

James Hillman escribe que no se trata tanto de preguntarnos: « ¿Qué he hecho yo para que me pase esto», ni «¿Por qué esto sólo me pasa a mí?», sino de interrogarnos: «¿Qué espera de mí mi ángel?».

El descubrimiento de nuestra misión como consecuencia de una prueba nos permite experimentar una nueva libertad interior y descubrir horizontes nuevos. Salimos enriquecidos de una experiencia que podría habernos destruido.

Somos más sensibles a la llamada de nuestra misión.

Vislumbramos mejor cómo nuestra acción en favor de otros afligidos les proporcionará la esperanza que necesitan.

Para ayudarte a encontrar una nueva razón para vivir después de una gran desgracia, te propongo que respondas a esta serie de preguntas. Están orientadas a transformar tu herida en ternura, en apertura a los demás y en descubrimiento de tu misión.

I.—

Tercera parte

Compás de espera

El periodo de «margen» y de sombra

Después de haber finalizado los duelos y perdones, se entra en un periodo que podemos llamar «de margen». Es una etapa esencial de profundización de la propia identidad y, en consecuencia, de descubrimiento de la misión propia. Es grande la tentación de evitar este tiempo incómodo, por ser aparentemente inútil y vacío.

Inspirándose en el trabajo del antropólogo Van Gennep, William Bridges propone un modelo de transición en tres tiempos: el de soltar presa, que consiste en liberarse del estado anterior; el compás de espera o periodo de «margen»; y la nueva entrada en la comunidad. Van Gennep ha observado este tiempo de transición en los ritos iniciáticos de las sociedades tradicionales. Después de haber separado a los futuros iniciados de su familia, los iniciadores les exigían un tiempo de reclusión llamado «tiempo de margen», durante el cual les hacían morir simbólicamente a la infancia y les enseñaban sus funciones de varón o de mujer.

Más de una tradición espiritual recomienda este periodo intermedio hecho de soledad, de silencio y de meditación.

Los neófitos se retiran de todas sus actividades cotidianas, de la oleada invasora de informaciones, de sus preocupaciones, de sus compromisos sociales, de las funciones y expectativas que les impone su entorno. Este retiro en la soledad y el silencio les permite tomar conciencia de su identidad y, eventualmente, de su misión. Los grandes personajes llamados a ejercer una misión importante se dieron también un tiempo de «margen» para responder al « ¿quién soy yo?» y reflexionar sobre su llamada. Pensemos en Jesús, que pasó cuarenta días en el desierto para tomar conciencia de su identidad de Hijo de Dios, antes de emprender su misión.

M.—

Naturaleza del periodo de «margen»

Es mérito de William Bridges haber resaltado la importancia de este periodo de «compás de espera», muchas veces olvidado por los «transitantes» de nuestros días, demasiado preocupados por hacer caso omiso de sus duelos y por lanzarse a una nueva aventura. Habla de este periodo como de la «zona neutral», porque parece que en ella no pasa nada. Por lo demás, los diversos autores lo llaman de diversas formas: periodo intermedio, compás de espera, tiempo de «margen», vagabundeo esencial; más poéticamente, se le asemeja al invierno. En efecto, parece ser un tiempo de frialdad, rígido, en apariencia estéril e improductivo.

En el plano psicológico, esta etapa de transición es época de flotación, de inactividad aparente, incluso de confusión, de vacío, de incubación espiritual y de exploración.

Se vive en él un malestar sordo; se aferra uno desesperadamente al pasado o intenta huir hacia adelante. Se tiene la impresión de estar dando vueltas sobre lo mismo, de tropezar, de encontrarse ante la nada; incluso se tiene el sentimiento de que uno ya no es nada. He aquí algunos ejemplos: queda uno despedido de su empleo, ha de dejar un puesto que suponía un status social particular, se ve separado de su pareja, ve marcharse a sus hijos o pierde la salud.

En adelante, ya no podrá definirse por sus relaciones sociales; se encontrará entonces sin puntos de referencia precisos para saber quién es él exactamente. Pues bien, a pesar de las apariencias, se trata de un momento de gracia que se le ofrece a la persona para que se mire mejor y explore su identidad profunda.

Michelle Roberge describe de este modo el periodo de «margen»: «Cuanto más trabajo, experimento, vivo, descubro y profundizo en esta idea de vagabundeo, esta estación de transición, tanto más consciente me hago de su carácter misterioso, extraño, desconcertante y, sin embargo, siempre fascinante» Inconfortable, este periodo suele dar miedo. Se prefiere negarlo o pasarlo por alto. Tiene la particularidad de crear un sentimiento de vacío, como el del trapecista que, después de lanzarse desde un trapecio, espera al otro que tarda en llegar. Se vive un momento de angustia y desamparo, sin saber dónde agarrarse para resolver la crisis de identidad.

I.—

Periodo difícil, pero necesario porque fecundo

Este periodo fluctuante, lejos de ser inútil, es un pasadizo obligado para reencontrarse y reorientarse. Por su conocimiento de las etapas del cambio, William Bridges ha sabido encontrarle una función importante. Permite explorar nuestra interioridad y dejar que surja en ella el gran sueño de nuestra vida. Periodo fecundo, a pesar de sus apariencias de esterilidad; en él se produce una gestación semejante a la del invierno. Es un tiempo en el que se ejerce una creatividad misteriosa. Como toda obra de creación, el descubrimiento de la misión propia depende de un tiempo de maduración necesaria, de incubación. Cuando el artista atropella su inspiración, produce una obra superficial que sabe a cliché; lo mismo ocurre con la creación de la misión propia.

La persona tiene que permanecer largo tiempo en la confusión antes de tener una idea original y clara de su misión.

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