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A cada cual su misión: Miedo a las reacciones del entorno

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A cada cual su misión: Miedo a las reacciones del entorno

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La misión en acción

Evitar la precipitación: asumir riesgos calculados

La más larga caminata empieza por el primer paso

(Anónimo)

Un peligro acecha en ocasiones a los que se lanzan a perseguir su sueño. Bajo el golpe de la iluminación, arrebatados por el entusiasmo, creen que pueden alcanzar la notoriedad de la noche a la mañana. Desde el primer éxito se imaginan que han llegado a la cima de la gloria. Su ego se infla. Pienso en aquellos escritores que desean ser famosos desde sus primeros escritos, en esos pintores aficionados que quieren exponer ya en una galería de arte célebre, en esas personas que, tras dos semanas de formación, ya se declaran «gurús». Su impaciencia y su precipitación los conducen a

amargos sinsabores que los desaniman. De ahí la necesidad de progresar poco a poco, con perseverancia, coraje, paciencia y discernimiento.

Al revés de las personas que dan pruebas de precipitación, hay otros que no se atreven a dar el primer paso. Se pierden en cálculos y análisis; inquieren la opinión de expertos, siguen cursos de formación sin terminar nunca de prepararse, cuando en realidad lo que tendrían que hacer es «echarse al agua» simplemente.

Lo importante es ponerse en camino y poner en ello todo el corazón. He aquí un ejemplo de lo vivido por mí cuando publiqué mi primer libro, Aimer, perdre et grandir, (Amar, perder y crecer)

Por entonces daba yo muchas conferencias sobre la necesidad de hacer el duelo. Era animador de cursillos sobre este tema y daba sesiones de formación a diversos grupos de especialistas. Se me ocurrió, entonces, escribir un libro sobre el duelo.

La mera idea de escribir me paralizaba. Volvía a ver a mi profesor de francés leyendo en clase mis composiciones y ridiculizando mi prosa deficiente. Sin embargo, me obsesionaba la idea de escribir sobre el duelo. Entonces me puse a escribir al azar hojas sueltas sobre mis conocimientos y experiencias en el tema.

I.—

Un día, me decidí a juntar mis reflexiones y a hacer con ellas un folleto fotocopiado.

Para asegurarme sobre el valor de aquel documento, se lo di a leer a algunos amigos.

Mientras esperaba su veredicto, viví un auténtico tormento, lleno de dudas e incertidumbres. Con gran satisfacción mía, recibí comentarios entusiastas. Algunos de mis lectores-testigos completaban incluso mis poemas con algunos versos de su propia cosecha. ¡Así que les había llegado!

Estimulado por sus ánimos, me puse a divulgar el folleto entre las personas que asistían a mis conferencias.

Una tarde, después de una conferencia, una amiga que tenía una pequeña editorial se mostró interesada por su publicación.

Fue el comienzo de mi aventura de escritor. Las fotocopias del principio se han convertido hoy en un libro traducido a seis lenguas.

Esta experiencia me enseñó a construir mi misión de forma progresiva. Añadamos, sin embargo, que algunas misiones exigen, ya desde el principio, una gran entrega de sí mismo, como ocurre con esas zanjas que no se pueden saltar sin tomar carrerilla.

Contar con las pruebas en el camino de la misión

En los mitos, todos los héroes llamados a realizar grandes hazañas se encuentran con obstáculos en su camino: gigantes, hechiceros, sirenas, monstruos, trampas, montañas infranqueables, atractivos que los apartan de su misión, etc.

Del mismo modo, cuando respondemos a nuestra llamada, tenemos que contar con que seremos sometidos a prueba.

La solidez de nuestro proyecto será puesta a prueba.

M.—

Nos veremos también en la obligación de desprendernos de muchas cosas, previstas o imprevistas. En no pocas ocasiones tendremos que sacrificar nuestras seguridades, nuestro status social, nuestras distracciones, la aprobación de nuestra familia o de nuestros camaradas, el desahogo económico, etc. La palabra «sacrificar» -del latín sacrum faceré, es decir «hacer sagrado algo»- adquiere aquí todo su significado. Renunciamos a ciertos bienes por un bien superior. Por los sacrificios aceptados, nos veremos recompensados con el «toisón de oro» de la misión.

A los desprendimientos voluntarios se añadirán otras renuncias, esta vez imprevistas: una enfermedad, un accidente, incomprensiones, el abandono de una persona con la que contábamos, trabas administrativas, etc. Yo me encontré con estos obstáculos cuando decidí proseguir los estudios de psicología clínica en San Francisco, a mis 42 años.

Pero mi voluntad de adquirir una buena formación psicológica me permitió superar todas las dificultades. Hoy comprendo mejor aquella afirmación de Nietzsche: «El que tiene un «porqué» como objetivo, una finalidad, puede soportar cualquier «cómo»». La necesidad de hacer realidad la llamada del alma permite sacar de uno mismo energías y recursos insospechados.

Las pruebas provienen a veces de la naturaleza misma de la vocación elegida.

I.—

Un médico ya bastante mayor me contaba las desilusiones que tuvo que vivir al comienzo de su carrera. El, que soñaba con curar a los enfermos y salvarlos de la muerte, fue encargado, durante sus prácticas de internado, de bajar los cadáveres a la «morgue». La visión de los cuerpos fríos y sin vida sobre la piedra desnuda le descorazonaba. Estuvo a punto de dejarlo todo. Pero la idea de que él formaba parte de un largo linaje de médicos que también habían tenido que cumplir con esas tareas tan poco interesantes le dio ánimos para perseverar.

Lo mismo le sucedió también a una mujer embarazada que, después de haber vivido momentos muy felices, se sintió llena de pánico ante la perspectiva del parto. Tenía miedo de no ser capaz de soportar los dolores, miedo a morir, miedo a dar a luz un niño deforme o que se muriera al nacer. Para superar esos temores, se puso a pensar en todas las mujeres que la habían precedido y que habían superado esos mismos tormentos físicos y psicológicos. Esta reflexión la reconcilió con los desafíos y las vicisitudes de la

maternidad. Este médico y esta futura mamá sacaron su fuerza y su

coraje de la consideración de las grandes imágenes arquetípicas que anidaban en su interior. Vinculados así a la fuerza del mito del curador y al de la madre universal, tomaron conciencia de que no estaban solos a la hora de vivir su aventura, sino que estaban relacionados con toda la humanidad.

M.—

Miedo a las reacciones del entorno

La opinión de los demás es un factor importante para perseverar

en la misión propia o para abandonarla. El posible rechazo de los amigos más íntimos despierta los viejos temores de verse abandonado, que se remontan a la infancia.

No es raro que la decisión de proseguir la misión que uno siente asuste y desconcierte a los padres y a los más próximos. Abundan los ejemplos: un padre decide abandonar un trabajo lucrativo para seguir su pasión; una madre desea comenzar los estudios que le permitan profesionalizarse; la hija desea casarse con un muchacho que no acaba de gustar a los padres; el hijo, sin el menor interés por seguir las huellas del padre, acaricia otros proyectos de vida.

Es penoso tener que ir en contra de las expectativas de los miembros de la propia familia. Éstos manifestarán su desacuerdo

de diversas formas: frialdad, distanciamiento, sarcasmos, e incluso amenazas de todo tipo. Pero el precio a pagar para realizar el deseo de nuestra alma nunca es demasiado elevado, aunque tengamos que afrontar el desacuerdo y la incomprensión.

La tendencia que caracteriza a las instituciones, sean la familia, la escuela, el gobierno, el ejército, sean las instituciones religiosas y las demás, consiste en recompensar la sumisión y la conformidad más que la autonomía y la originalidad.

Pues bien, nada milita tanto como eso contra la realización de una misión nueva. Los guardianes de la tradición, del orden y de la estabilidad ven con malos ojos a los que desean seguir la voz de su alma. Y paradójicamente, son los originales, los iniciadores, los inventores, los creadores, los artistas los que, sacudiendo los viejos tabúes y las leyes obsoletas, hacen que progresen las mismas instituciones que antes los habían «excomulgado». No siempre me hago buenos amigos cuando aseguro a mis alumnos que, llegados a la mitad de la vida, hay que obedecer menos a la voluntad de los superiores que a las propias llamadas profundas…

I.—

Seguir la propia misión puede llegar a significar, incluso, tener que alejarse del propio grupo de pertenencia, si resultara demasiado difícil soportar sus críticas: « ¿Por quién se tiene éste para cambiar de trabajo? ¡Le gusta mariposear!

¡No es capaz de quedarse en su sitio!». Quien está dispuesto a seguir su llamada propia tiene que aceptar también sufrir las sospechas y agresividades de quienes no han tenido el coraje de hacerlo. Romper la quietud conformista de un ambiente o de un grupo rompe la imagen fija que los demás se han hecho de sí mismos. Perder su reputación de «buen chico» o de «buena chica» es el precio que a veces hay que pagar por realizar el sueño de nuestra alma. Hay que saber soportar este miedo visceral arraigado en la sensibilidad del niño que duerme en nosotros; en una palabra,

hay que arrostrar el miedo a la desaprobación y al rechazo social.

Decir «sí» a la misión propia da miedo, porque obliga a elegir a los verdaderos amigos. ¡Dichoso quien puede contar con el estímulo de al menos una persona que crea en él y en su misión! En vísperas de emprender mis estudios de psicología, recibí el apoyo incondicional de mi superior local. Quizás él nunca lo supo, pero en las horas más negras sus palabras me devolvieron el ánimo que necesitaba para continuar.

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