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Abuso Verbal: Mirar hacia atrás

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Reseña:


CAPITULO XIVMIRAR HACIA ATRÁS

Lo primero que noté en Olivia fueron sus ojos grandes y oscuros que brillaban como el cristal. Me había prometido una entrevista y, después de varias postergaciones, nos encontrábamos en un pequeño restaurante bebiendo café. De inmediato pasamos al meollo del asunto.-No siempre he sido tan feliz -dijo-. Nunca olvidaré el día que mi marido se convirtió en un extraño para mí -vaciló un instante-. Pero lo cierto es que gran parte del tiempo no pienso en eso.

-Realmente, pareces muy feliz -le dije.

-Oh, sí, a pesar de todo la vida es dulce. Hace mucho que nadie me grita ni me trata mal. Cuando encuentro a alguien de ese tipo me aparto de inmediato. No tardo ni dos segundos en identificarlos -el doloroso recuerdo del pasado se pintó en su rostro-. Casi cada día me sentía herida y tratando de comprender por qué.

-¿Y tu vida comenzó a cambiar después de tener esa extraña experiencia? -le pregunté-. ¿Podrías contármela?

Se encogió de hombros y miró alrededor, como para asegurarse de que nadie escuchaba. Pero no había nadie; estábamos solas.

-¡Todo lo he hecho sola, completamente sola! -repetía.

Asentí para animarla mientras pensaba: «¿Habrá encontrado a su marido con otra mujer? ¿Qué puede haber pasado?».

-Un día caí en la cuenta de que Dick (mi ex) en realidad vivía en un mundo diferente. Hacía dieciséis años que estábamos casados cuando de pronto supe, es así, supe que lo que habíamos estado haciendo todo ese tiempo era un inmenso error. ¿Entiende qué quiero decir?

-Sí -asentí, notando que su aspecto delgado y frágil no se correspondía con la fuerza de su voz.

I.—

-Durante mucho tiempo no lo supe. Fue muy extraño. Si le hubiera sucedido a otra persona yo habría dicho: «¡Eh, eso está mal!», pero hicieron falta muchos años; bueno, dieciséis años -sonrió-, para que pudiera darme cuenta.

-¿Quieres decir que no te parecía que él hiciera nada realmente malo cuando te gritaba y te trataba mal? -pregunté.

-Bueno; sí, es así. Durante mucho tiempo supe que no era feliz por la forma en que marchaban las cosas, pero de algún modo pensaba que debía soportarlo, como si estuviera mal que yo me sintiera herida, o quizá tomarlo de otro modo. ¿Cómo podía sentirme tan mal cuando él decía que no pasaba nada? Además, yo me creía capaz de hacerle comprender lo que fuera para que él no volviera a enfadarse.

Nos trajeron más café.

-Suena como si dijeras que pensabas que era incorrecto sentirte herida cuando él te gritaba. ¿Cómo    es esto? ¿Qué crees que te hacía pensar de esa forma? -pregunté.

Cerró los ojos y ladeó la cabeza, como para recordar una vieja escena. Después me miró directamente a la cara con los ojos bien abiertos:

-Siempre tenía una razón (para estar enfadado), una razón que parecía tener sentido sólo para él. Es por eso. Pero después del día en que se convirtió en un extraño dejé de pensar que la equivocada era yo.

Di vuelta la cinta del grabador. Ella hizo una pausa.

-Puedes contarme todo lo que pasó y cómo te sentiste? -pregunté-. Quisiera comprender este tipo de cosas.

-Sí, te lo contaré. Creo que lo que cambió mi vida no fue tanto lo que pasó; el cambio se produjo porque finalmente comprendí.

M.—

Y comenzó su relato diciendo:

-Una vez, una pareja de amigos se quedó a pasar la noche en casa. Por la tarde, antes de que llegara Dick, ellos conversaban sobre cómo iba a preparar ella los huevos pasados por agua y las tostadas para el desayuno de la mañana siguiente y me preguntaron si tenía bastantes huevos y pan. Les dije: «Sí, mucho» y les pregunté si necesitaban algo más. Dijeron que no.

A la mañana siguiente, mientras yo estaba en el jardín y ellos se estaban levantando, Dick apareció de pronto frente a mí y me dijo: «Voy a comprar un pastel de café (como hacía todos los domingos). ¿Necesitas algo?». Me agradó mucho que me lo preguntara porque me pareció muy considerado de su parte. Pensé un momento en lo que podría necesitar, en cuánto pastel de café haría falta y en los huevos y las tostadas que ellos iban a comer . Casi instantáneamente llegué a la conclusión de que no necesitaba nada. Quiere decir que no lo demoré ni nada de eso. Le dije: «Gracias, pero no necesito nada. Probablemente ellos no coman pastel de café».

Dick se puso furioso. Tenía la cara roja y echaba fuego por los ojos. Tenía las mandíbulas apretadas. Me arrojaba las palabras como si fueran balas. «¿Qué me importa? ¡No la compro para ellos! ¡La compro para mí!» Y se marchó; desapareció tan súbitamente como había aparecido.

Olivia parecía estar en su propio mundo, mirando el espacio mientras hablaba. Me echó una mirada, levantando las cejas ligeramente, como si recordara lo extraño de la situación

-Ahora parece imposible que él se enfadara tanto por eso, pero así fue. Ahora veo que a él no le costaba nada enfadarse. En ese momento no sentí nada. Creo que sufrí un choque. Si fue un choque, fue un choque que ya resultaba familiar. Me quedé como anestesiada y los pájaros dejaron de cantar o yo no los oí. No sé. Y después sentí que en un lugar entre mi corazón y mi estómago todo estaba revuelto. Recuerdo que me estaba esforzando por encontrar sentido a la situación. ¿Qué dije, qué dijo él?

Vaciló y respiró profundamente. Yo le pregunté:

-En ese momento, mientras tratabas de encontrar el sentido de lo ocurrido, ¿también te sentías «toda revuelta» por dentro?

-Sí -dijo con suavidad-; quizá, como me sentía de esa manera, me costaba pensar. Finalmente, cuando hice el descubrimiento, mi vida cambió.

 

I.—

Pero me estoy alejando de lo que contaba. Ahora sé que si te castigan con un puño o te castigan con palabras, no está bien, pero entonces estaba tratando de encontrar el sentido de lo que había ocurrido. Así que comencé a pensar qué había dicho para enfadarlo tanto y que me gritara de ese modo. No tenía conciencia de que yo era la única lastimada. Pensaba: «¿Acaso se enfadó porque yo sabía que ellos no comerían pastel de café y él no?».

-¿Entonces piensas que él puede haber sentido que era dejado de lado y eso hirió sus sentimientos? -pregunté.

-Sí -respondió-, pensé que quizá yo no debería haberle comentado los planes de nuestros amigos. Pensé: «Si sólo le hubiera dicho por qué pero, ¿cómo podía imaginar que en casos similares era preciso dar explicaciones? ¿Cómo podía saberlo? O, ¿acaso se enfadó porque yo supuse que él compraría suficiente para todos cuando él no tenía intención de compartir?».

-¿Entonces pensaste que otra razón por la que él podría estar enfadado era que tú supusieras que él compartiría su pastel de café sin preguntarle antes si le importaba hacerlo? -pregunté.

-Sí -contestó-, y pensaba «Si tan sólo no hubiera supuesto». ¿Pero había supuesto realmente?    ¿O se enfadó porque quería compartir la torta de café y se sintió desilusionado cuando vio que no iba a poder hacerlo?

Me encontré analizando las diversas posibilidades que ella había explorado mientras trataba de comprender.

-¿Así que pensaste que quizás él no se enfadó por tu suposición sino porque no podía compartir su pastel? -pregunté. -Sí; eso era lo que estaba tratando de descubrir. ¿Lo habré desilusionado? Pero yo no había querido hacerlo. ¿Se habrá enfadado porque había pensado en comprar dos pasteles y tuvo que cambiar de idea? Todo por culpa mía.

-¿Entonces pensaste que él se había enfadado por haber tenido que cambiar sus planes? Olivia asintió:

-Pensé que quizás él iba a comprar un pastel más para crear una atmósfera de festejo y se sintió tan desilusionado que se puso furioso y gritó que no le importaba y que compraría sólo para él. O quizá me gritó porque creyó que yo sabía que estaba desilusionado y no demostré que eso me preocupara. O quizá se enfadó porque yo estaba ahí, disfrutando en el jardín en lugar de ir a la pastelería. ¿Cómo podía saberlo?

M.—

Sacudí la cabeza.

-No sé. No sé cómo podías saberlo. Creo que puedes haber sentido que si comprendías qué había pasado nunca volverías a cometer el mismo error, cualquiera que fuese, y nunca volverías a pasar por otra de esas experiencias destructoras. ¿Crees que es así?

-Sí, estoy segura de eso -contestó-. Creo que en ese momento el esfuerzo por comprender estaba anulando cualquier otra cosa en mi vida. ¿Entiendes qué quiero decir?

-Sí, te entiendo -dije. Después le pregunté-. ¿Quieres decir que te concentrabas cada vez más en tratar de comprender?

Los ojos de Olivia brillaron y se inclinó hacia delante. -Sí, así es -contestó. Y continuó-: Estaba equivocada en todo; me refiero a por qué se había puesto furioso.

Más tarde reuní el valor suficiente para preguntarle por qué se había enfadado tanto. (Me había preparado para cualquier reacción negativa; él no volvería a encontrarme con la guardia baja.) Pero me dijo «¿Qué quieres decir con que me enfadé tanto?» y algunas cosas más por el estilo, como hacía siempre. Yo no le contesté. Seguí esperando. ¡Acabó diciendo que yo no había querido que él comprara pastel de café! Eso dijo. Y pude percibir que, al decir eso, volvía a enfadarse. Me sentí muy confundida de que pensara eso, con todo el dinero que ganaba y comprando pastel de café casi cada domingo.

Esa noche pensé en lo ilusa que había sido siempre. Una vez tuve lo que después consideré una buena idea. Le pedí que antes de enfadarse me preguntara qué había querido decir yo. Creí que eso resolvería una cantidad de problemas pues estaba segura de que, antes que nada, él quería comprenderme. Pero me dijo que de un grano de arena yo estaba haciendo una montaña.

En ese tiempo yo todavía no había renunciado a que él me comprendiera; creía que si él hacía sólo ese pequeño esfuerzo el resultado sería muy beneficioso para ambos. De ese modo él habría descubierto que yo no había dicho nada que provocara su ira y yo habría podido explicarme antes de que él se disgustara.

Pero, de alguna manera, yo no lograba hacerle comprender que esos incidentes -que según él yo exageraba- eran para mí mucho más dolorosos de lo que nunca habría podido llegar a explicar.

-Ya veo -repliqué-. Me pregunto si tu reconocimiento de que él no era como tú siempre habías pensado contribuyó a que te sintieras interiormente revuelta.

-Sí -respondió Olivia rápidamente-. Ahora estoy segura de ello. Me doy cuenta de que estaba muy confundida porque nada encajaba. No tenía de dónde asirme para descubrir qué había pasado durante todos esos años. Todo seguía resultando muy extraño. Lo sucedido no se compadecía con la imagen que yo tenía de él, la de un hombre maduro, esposo, padre y profesional respetado.

I.—

-¿Así que él nunca te preguntó qué querías decir antes de ponerse furioso? -pregunté.

-Así es. Nunca lo hizo -contestó-. A la larga, conseguí que viera a un consejero conmigo. Se quejó de que él estaba tratando de mejorar las cosas de verdad y yo no. Así que me esforcé aún más. Ahora comprendo que yo estaba muy confundida pero no lo sabía. Él decía que me amaba, pero si el amor significa amabilidad y consideración, no parecía que eso fuera cierto.

-Entiendo que no lo pareciera y que te sintieras confundida. Pero, ¿te lo imaginabas?

-Sí. Después de ese domingo decidí que nadie volvería a gritarme. Si yo no podía descubrir por qué me gritaba después de intentarlo un día entero, quería decir que no había ninguna razón para ello. ¿Y quién era el que me gritaba? Bueno, desde luego no era el hombre que me amaba. Ese hombre no habría hecho ese tipo de cosas. Había desaparecido hacía mucho tiempo, en algún momento que yo no estaba mirando, y había sido reemplazado por un extraño. Y día tras día yo había estado pensando que él era el hombre con quien me había casado.

-¡Qué experiencia! -comenté-. Tu marido convertido en un extraño. Olivia sonrió:

-Sí, mi vida entera comenzó a cambiar ahí mismo. Ahora comprendo que aunque yo hubiera dicho.

-«No quiero que compres pastel de café este domingo» (algo que nunca habría dicho, ni siquiera imaginado decir) no habría habido ninguna razón para que él me atacara como lo hizo. Aquello estaba mal; no era yo quien estaba mal. Hasta ahí llegué. Ahora siento eso en mi interior.

-Entonces -dije-, independiente ni ente de lo que él pensara, no tenía derecho.

-¡Seguro! -Olivia rió-. Ahora sé cómo debería haber sido. Si mi marido no se hubiera convertido en un extraño y yo hubiera dicho «No quiero que compres pastel», él habría debido contestar: «Oh, ¿por qué no?». Se habría sorprendido.

Hizo una pausa y me miró como preguntándome si había entendido qué quería decir. Volví a su relato:

-¿Y entonces habrían conversado sobre el tema?

-¡Por supuesto! -dijo con gran seguridad-. Le habría interesado saber por qué.

-Eso sería lo que normalmente cabe esperar -convine-.Dime, ¿alguna vez dijo que lo lamentaba?

-No, no puedo decir que alguna vez se hubiera disculpado, ni una sola vez en los dieciséis años que pasamos juntos. Ahora me doy cuenta de que él me había convencido de que yo lo enfadaba. Teniendo eso en la mente, nunca estaba segura de quién tenía que disculparse.

SEGUNDA PARTE

 

OCTAVO PASO

Hicimos una lista de todas las personas a quienes habíamos perjudicado, y estuvimos dispuestos a reparar el mal que les ocasionamos

PRINCIPIOS ESPIRITUALES

 

En el Octavo Paso nos centramos en la honestidad, el valor, la buena voluntad y la compasión. Para practicar el principio de honestidad de este paso, debemos recurrir a nuestra experiencia con los anteriores. Hemos admitido la naturaleza de nuestro Problema -la adicción- y confirmado cuál es la solución. Ha sido un acto de honestidad. Sin miedo hicimos un detallado inventario moral de nosotros mismos; y el hacerlo nos permitió ejercitar la honestidad recién descubierta. Para extraer la naturaleza de nuestras faltas de la estructura de nuestra personalidad, nos hizo falta un nivel más profundo de honestidad. Por lo tanto, ya tenemos cierta experiencia en separar nuestra responsabilidad de la que puedan tener los demás. Este es el nivel de honestidad al que tenemos que recurrir en el Octavo Paso. Debemos olvidarnos de los resentimientos, de culpar a otros, de creer que fuimos víctimas inocentes y de cualquier otra justificación por el daño que causamos. ¡Lo único que tenemos que hacer es ponerlo en la lista!

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