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Actitudes actuales hacia la muerte

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Actitudes actuales hacia la muerte

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Reseña:


 

 

Me propuse considerar con ustedes los procesos de la muerte y ocuparme algo más ampliamente del factor muerte, la experiencia más familiar (si el cerebro físico pudiera recordar y comprender) en la vida de la reencarnante entidad o alma. Permítanme hacer algunos comentarios respecto a la actitud del hombre en la experiencia de “restitución”. Esta palabra es peculiarmente oculta, generalmente utilizada por el iniciado al hablar de muerte.

 

La actitud destacada asociada a la muerte es una actitud de temor. Este temor está basado en la —en este momento— incertidumbre mental acerca del hecho de la inmortalidad. Aparte del comprobado hecho de alguna forma de supervivencia, establecida por los grupos de investigación síquica, la inmortalidad o la existencia permanente de aquello que usualmente significamos cuando hablamos del “yo” todavía permanece en el reino de la ilusión o de la creencia. Esta creencia puede estar fundada en premisas cristianas, en una afirmación religiosa basada en racionalizar la materia, y en el acercamiento más científico que arguye que la necesidad económica requiere que lo que ha estado tanto tiempo evolucionando y es el resultado culminante del proceso evolutivo no puede perderse.

 

Es interesante observar que no hay en nuestro planeta ninguna evidencia de que exista un producto evolutivo superior al reino humano; hasta para el pensador materialista, lo que hace excepcional al hombre, reside en sus diversos estados de conciencia y en su capacidad de presentar a la investigación todos los estados de conciencia, desde el del salvaje analfabeto, a través de todas las etapas intermedias de efectividad mental, hasta los más avanzados pensadores y genios, capaces de arte creador, descubrimiento científico y percepción espiritual.

 

La historia humana registra la incesante búsqueda de algo que sustancie la cuestión; hoy esta búsqueda está culminando en las numerosas sociedades que se ocupan de probar la inmortalidad y penetrar en esas profundidades del espíritu que aparentemente ofrecen un santuario a ese “yo” que ha sido el actor en el plano físico y que hasta ahora ha desconcertado al más ansioso buscador. El acicate del temor se halla detrás de esta frenética búsqueda; desafortunadamente la mayoría de las personas (excepto unos pocos científicos esclarecidos y similares investigadores inteligentes) que aplican técnicas generalmente dudosas en las sesiones espiritistas, son de tipo emocional, fácilmente convencidas y muy dispuestas a aceptar como evidencia aquello que el buscador más inteligente rechazaría inmediatamente.

 

Hoy el fenómeno de la muerte está llegando a ser cada vez más familiar. La guerra mundial ha enviado a millones de hombres y mujeres —civiles y a quienes han pertenecido a las distintas ramas de las fuerzas armadas de todas las naciones— a ese mundo desconocido que recibe a todos los que han descartado la forma física. Las condiciones son actualmente de tal naturaleza que, a pesar del antiguo y profundamente arraigado temor a la muerte, está surgiendo en la conciencia humana la comprensión de que existen muchas cosas peores que la muerte; los hombres han llegado a conocer el hambre, la mutilación, la incapacidad física permanente, la incapacidad mental como resultado y tensión de la guerra; han observado el dolor y la agonía que no han podido mitigar, ciertamente peores que la muerte; también muchos saben y creen (pues ésa es la gloria del espíritu humano) que el abandonar los valores por los cuales los hombres han luchado y muerto durante edades, juzgados como esenciales para la libertad del espíritu humano, tiene mayor significado que el proceso de la muerte. Esta actitud, característica de las personas sensibles y de recto pensar, está surgiendo hoy en gran escala. Esto significa el reconocimiento, al lado del antiguo temor, de una inconquistable esperanza de mejores condiciones en todas partes, y esto no necesariamente tiene que ser ilusión sino un indicio de un latente conocimiento subjetivo, lentamente saliendo a la superficie.

 

Algo está en camino como resultado de la angustia humana y el pensar humano; esto hoy es presentido; este hecho posteriormente se demostrará.

 

Opuesto a esta confianza interna y comprensión subjetiva, tenemos los antiguos modos de pensar, la desarrollada actitud materialista del presente, el temor al engaño y el antagonismo entre científicos y hombres religiosos o eclesiásticos. Los primeros se niegan, con justicia, a creer en aquello que aún no ha sido comprobado y que además parece no ser susceptible de comprobar, mientras que los grupos y organizaciones religiosas desconfían de cualquier presentación de la verdad que ellos no hayan formulado en sus propios términos. Esto pone un indebido énfasis sobre la creencia, y desalienta así a cualquier entusiasta investigador. El descubrimiento del hecho de la inmortalidad vendrá desde la gente; finalmente será aceptado por las iglesias y comprobado por la ciencia, pero ello sucederá cuando las secuelas de la guerra hayan terminado y esta alteración planetaria haya remitido.

 

El problema de la muerte, es innecesario decirlo, se funda en el amor a la vida, el instinto más arraigado en la naturaleza humana. La ciencia reconoce que nada se pierde de acuerdo a la ley divina; la eterna supervivencia, de un modo u otro, es considerada universalmente como una verdad. De todo el cúmulo de teorías se han extraído y propuesto tres soluciones principales, muy conocidas por las personas reflexivas, y son:

 

  • La solución estrictamente materialista afirma que la experiencia y la expresión de la vida consciente continúan mientras la forma física tangible existe y persiste, y también enseña que después de la muerte y la consiguiente desintegración del cuerpo, ya no existe una persona consciente, activa y autoidentificada.

 

  • La teoría de inmortalidad condicional. Esta teoría aún es sostenida por ciertas escuelas fundamentalistas de pensamiento, teológicamente estrechas, y también por unos pocos intelectuales, principalmente aquellos de tendencia egotista. Afirma que sólo quienes obtienen una etapa particular de percepción espiritual o aceptan un conjunto peculiar de pronunciamientos teológicos pueden recibir el don de la inmortalidad personal. Los altamente intelectuales también arguyen que a quienes poseen una mente desarrollada y cultivada, don culminante para la humanidad, análogamente se les otorga la eterna supervivencia.

 

  • La teoría de reencarnación, tan familiar para todos mis lectores, está llegando a ser crecientemente popular en Occidente; siempre fue aceptada en Oriente (aunque con muchas adiciones e interpretaciones tontas). Dicha enseñanza ha sido tan distorsionada como las enseñanzas de Cristo, Buda o Shri Krishna por sus teólogos de mente estrecha y limitada. Los básicos fundamentos de un origen espiritual, de un descenso a la materia, de un ascenso por medio de constantes encarnaciones en la forma hasta que esas formas sean expresiones perfectas de la conciencia espiritual que mora internamente, y de una serie de iniciaciones al finalizar el ciclo de encarnación, están siendo más rápidamente aceptados y reconocidos como nunca lo fueron.

 

 

Tales son las principales soluciones a los problemas de la inmortalidad y de la supervivencia del alma humana; aspiran responder a la eterna pregunta del corazón humano respecto a cuándo, por qué, dónde y adónde. Sólo la última de estas soluciones propuestas ofrece una respuesta verdaderamente racional a todas ellas.

 

 

Extraído de: Un Tratado sobre los Siete Rayos – Tomo IV “Curación Esotérica”, Alice A. Bailey.

 

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