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Atender a las señales del universo – A cada cual su misión

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Atender a las señales del universo - A cada cual su misión

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Libro A cada cual su misión. Descubrir el proyecto de vida, de Jean Monbourquette

M.—

He aquí otros ejemplos de reacciones emotivas suscitadas por dos series de metáforas opuestas. Afirmar: «la vida es un juego», basta con danzar al ritmo de la realidad», «el mundo es un ramillete de flores variadas», «todas las personas son colaboradores en potencia», «el mundo rezuma recursos que sólo piden que los explotemos», «el éxito comienza por un sueño»; todo estas afirmaciones suscitarán en la persona un nuevo impulso de entusiasmo, las ganas de atreverse, el deseo de aprovechar las ocasiones que se vayan presentando. Al contrario, si uno dice: «el mundo es un mar agitado», «el universo es un terreno pantanoso»,

«los hombres son como lobos», «el mundo es un volcán siempre dispuesto a explotar», «he nacido para llevar la vida a rastras», «la vida es un tren que pasa demasiado aprisa para poder subirse a él», no tendrá más remedio que sentir malestar, miedo a la aventura y necesidad de protegerse.

Las metáforas que se emplean para describir la vida, el mundo, el universo, son otros tantos filtros que colorean la realidad para lo mejor y para lo peor. La aumentan o la recortan; son portadoras de oportunidades o de peligros; suscitan la audacia o el miedo.

I.—

La transformación de las metáforas

 

¿Te sorprendes utilizando metáforas restrictivas y constrictivas?

Tu situación no es desesperada. Siempre tienes la posibilidad de modificar las metáforas en provecho propio; no son inmutables. Son el resultado de experiencias penosas que tendemos a generalizar y que hemos convertido en absolutos. Así, como consecuencia de fracasos repetidos en sus estudios, uno de mis clientes afirmaba convencido: «Estudiar es una montaña infranqueable, una roca contra la que estoy condenado a romperme la cabeza». Le hice comprender, en primer lugar, que esas metáforas no expresaban toda su experiencia, que los estudios también podían compararse

con «una montaña que reserva gozosas sorpresas en su escalada», y que todo aprendizaje es «una de las aventuras o desafíos más interesantes». Le hice subir mentalmente la montaña y él me fue describiendo, paso a paso, su escalada y los muchos y gozosos descubrimientos que iba haciendo.

Poco después, me confiaba que los estudios le resultaban más fáciles y que, por primera vez, había leído un libro entero.

M.—

Recientemente, sugerí a una de mis alumnas que transformase

sus metáforas. Se quejaba ella de llevar una vida «sobrecargada y agobiada de ocupaciones», que la «hacían sucumbir bajo su peso». Como yo sabía que le gustaba bailar, le aconsejé que se imaginase la vida como una danza.

Escéptica al principio, consintió más tarde en entrar en el juego. Se preguntó qué forma de danza representaría mejor su vida trepidante. Pensó espontáneamente en el rock-androll.

A partir de este descubrimiento, cambió su actitud: ahora cumple sus numerosas tareas al ritmo arrebatador del rock-and-roll.

 

La sincronicidad o la atención

a las invitaciones fortuitas del universo (las señales)

 

Existe una concordancia misteriosa entre los movimientos del alma y las llamadas del universo. Karl Jung fue el primero en utilizar el término sincronicidad para designar este fenómeno. Lo define como una correlación entre los acontecimientos interiores y exteriores a la persona. Es posible constatar esta correspondencia, pero resulta difícil explicarla.

Las leyes de la sincronicidad no dependen ni del azar ni de una explicación lineal del tipo causa-efecto. Se mantienen misteriosas, pero no por ello menos reales. Visto el fenómeno en su conjunto, parecen ser el fruto de una orquestación establecida por una Inteligencia superior que algunos llaman Providencia.

I.—

Un día, el psicoanalista suizo se disponía a interpretar el sueño de un cliente que le contaba haber soñado con un escarabajo; en aquel mismo momento vino a aplastarse contra los cristales de la ventana de su despacho uno de esos insectos. Jung tomó el insecto en su mano y se lo presentó a su cliente: « ¡Aquí está su escarabajo!».                              A su juicio, se había establecido una especie de afinidad entre el sueño de su cliente y el universo.

Algunos incidentes en apariencia insignificantes apuntan a veces en la dirección de nuestra misión. Gregg Levoy, a quien ya hemos citado, dice que se sintió muy intrigado al encontrar, en varias ocasiones y en un corto lapso de tiempo, varios naipes, todos ellos de damas de corazones. Sólo más tarde comprendió que tenía que evitar en su forma de escribir una actitud demasiado masculina y racional. Para alimentar su inspiración de escritor, necesitaba estar más en contacto con su «anima» -su lado femenino-, particularmente poniéndose a la escucha de su sensibilidad y de su

emotividad. Este era el mensaje que las damas de corazones

le habían querido transmitir.

M.—

Unos estudiantes me contaron que un día se preguntaron si debían o no hacer huelga para cambiar algunas condiciones injustas en que se encontraban. En aquel mismo instante oyeron por la radio un canto revolucionario y decidieron, entonces, emprender la huelga.

Seguramente también tú has tenido experiencias semejantes, al dilucidar tus proyectos, sentimientos, deseos u orientación.                                      La realidad nos brinda con frecuencia signos de la misión que nos espera, pero desgraciadamente no siempre somos capaces de reconocerlos. No siempre estamos dispuestos a sintonizar con la buena frecuencia. En el momento en que te preguntes por tu misión, mantente más atentos a los incidentes o sucesos que impiden o perturban el curso normal de tu vida: una enfermedad, una visita inesperada, un incidente curioso, una conversación extraña, un error repetido, un sueño recurrente, la aparición de objetos insólitos o de animales raros, etc.

La dificultad vinculada a la sincronicidad reside en la interpretación adecuada del sentido de los incidentes o de los acontecimientos en curso. Hay que evitar explicarlos de manera demasiado literal o trastornarse por el más mínimo suceso un poco extraño. De todas formas, si ese incidente es portador de un mensaje importante para nuestra misión, se reproducirá y se hará más insistente.

I.—

Los mensajes de tu entorno

 

Como ya hemos visto, las proyecciones que hacen las personas

que juegan un papel importante en nuestra vida pueden resultar demasiado pesadas de llevar. Algunos padres desean que su hijo realice la misión que ellos mismos vislumbraron, pero que no lograron realizar en su vida; en esas condiciones, más de un hijo se ha visto obligado a seguir un camino que no era el suyo. Otros han sufrido la influencia de «profetas de desventuras», que les desanimaron a perseverar en la búsqueda y seguimiento de su misión. Me acuerdo de aquel profesor de francés, que jugaba a profeta y que me predijo: « ¡Nunca sabrás escribir!». ¿Qué pensar de aquel editor que, después de haber leído mi manuscrito

Aimer, perdre et grandir, me aconsejó con un tono paternalista:

«Deberías renunciar a tu proyecto de escribir; la corrección de tu manuscrito exigiría demasiado trabajo». Sin embargo, la tirada de esa obra alcanza hoy la cifra elocuente de ciento sesenta y cinco mil ejemplares.

 

M.—

Por el contrario, ¡dichoso quien tenga la suerte de encontrarse con un «profeta de venturas», que sepa reconocer en él los signos de su misión! Jesucristo gozaba de este carisma. Muchas veces indicaba a una persona cuál era su misión, ya en su primer encuentro con ella. Es lo que pasó con Pedro: «¡Te haré pescador de hombres!». James Hulmán ha titulado uno de los capítulos de su

libro («Ser es ser percibido»). Pone el ejemplo de varios personajes que se convirtieron en lo que algunos «profetas» habían percibido

en ellos. Así, Franklin Roosevelt vio en Lindon Johnson un futuro presidente de los Estados Unidos. Georges Washington nombró primer ayudante de campo suyo, sin conocerlo, a un joven soldado sin experiencia llamado Alexander Hamilton. El profesor William James creyó en la capacidad de una joven judía algo neurótica, llamada Edith Stein; seguro de su intuición, le dio el pase en un examen que en realidad había suspendido; siguió luego apoyándola

y llegó a recomendarla a la Universidad John Hopkins para que hiciera estudios de medicina.

Edith Stein llegó a ser una gran filósofa y mártir de su fe; recientemente ha sido beatificada.

I.—

Por citar un caso de actualidad, pensemos en Rene Angelil, que descubrió en una adolescente de trece años a la mayor cantante pop de los tiempos modernos, Céline Dion.

Encontramos este tipo de intuición en algunos educadores, profesores, mentores, entrenadores deportivos, «buscadores

de cerebros» en el deporte o en las artes. Vislumbran un brillante porvenir para personas en las que los demás no ven más que talentos normales e incluso deficientes.

He aquí ahora algunas preguntas que te podrán servir para alimentar tu reflexión sobre tu misión: ¿Te has encontrado ya con alguno de esos «profetas de venturas»?

¿Qué te han revelado sobre tu proyecto de vida?

¿Cómo has reaccionado ante su profecía sobre ti?

¿Crees que su opinión ha venido a confirmar tus propias intuiciones sobre tu misión?

 

 

 

 

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