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Conversación con la Muerte

Programa: Reto al cambio


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Conversación con la Muerte

Reto al cambio

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El 9 de mayo, K tuvo que someterse a una operación de próstata en el Centro Médico Cedars-Sinaí, de Los Ángeles. Avisó de antemano a Mary Zimbalist que ella debía estar muy atenta y no dejar que él «se saliera de sí», y que también debía recordarle a él mismo que estuviera atento, de lo contrario, después de «cincuenta y dos años [de hablar en público] él podría sentir que ya era suficiente». Le dijo que «siempre había vivido con una línea divisoria muy delgada entre el vivir y el morir». Krishnamurti siempre tuvo esta sensación de completo desapego entre él y su cuerpo.

Aquí la descripción de su vivencia:

Fue una operación corta y no vale la pena hablar de ella, aunque hubo bastante dolor. Mientras el dolor continuaba, vi o descubrí que el cuerpo estaba casi flotando en el aire. Puede haber sido una ilusión, alguna clase de alucinación, pero pocos minutos después hubo una personificación; no una persona, sino la personificación de la muerte. Al observar este fenómeno peculiar entre el cuerpo y la muerte, parecía haber entre ellos una especie de diálogo. La muerte parecía estar hablándole al cuerpo con gran insistencia y el cuerpo se mostraba renuente a conceder lo que la muerte deseaba. A pesar de que había gente en la sala, este fenómeno continuaba: la muerte invitando, el cuerpo rehusando. No era un miedo a la muerte lo que hacía que el cuerpo se negara a las exigencias de ésta, sino que el cuerpo se daba cuenta de que no era responsable por sí mismo, de que había otra entidad que era la dominante, mucho más fuerte, más vital que la muerte misma. La muerte seguía exigiendo más y más, seguía insistiendo, de modo que intervino la otra entidad. Entonces hubo una conversación o un diálogo no sólo del cuerpo, sino de esta otra entidad con la muerte. Por lo tanto, había tres entidades conversando. Él había prevenido, antes de ir al hospital, que quizás hubiera una disociación con el cuerpo y así la muerte podría intervenir. Aunque la persona [Mary Zimbalist] estaba allí sentada y la enfermera iba y venía, esto no era una ilusión o algún tipo de alucinación. Acostado en la cama veía las nubes cargadas de lluvia, la ventana iluminada y la ciudad extendiéndose abajo por millas y millas. La lluvia salpicaba los cristales de las ventanas y él veía claramente la solución salina vertiéndose, gota a gota, en el organismo; sentía con mucha fuerza y claridad que, si la otra entidad no hubiera interferido, la muerte habría triunfado. Este diálogo comenzó en palabras, con el pensamiento operando muy claramente. Había truenos y relámpagos y la conversación proseguía. Puesto que no había temor en absoluto, ni de parte del cuerpo ni de la otra entidad, absoluta ausencia de temor, la conversación podía desarrollarse libre y profundamente. Siempre es difícil expresar en palabras una conversación de esa índole. Extrañamente, como no había temor, la muerte no encadenaba la mente a las cosas del pasado. Lo que surgía de la conversación era muy claro. El cuerpo experimentaba un dolor considerable pero sin aprensión ni ansiedad, y la otra entidad estaba visiblemente más allá del cuerpo y de la muerte. Era como un árbitro actuando en un juego peligroso del cual el cuerpo no era del todo consciente. Al parecer, la muerte siempre está presente, pero uno no puede invitar a la muerte. Eso sería suicidio, algo completamente absurdo. Durante esta conversación no había sentido del tiempo. Es probable que todo el diálogo durara cerca de una hora, pero el tiempo del reloj no existía. Las palabras cesaron, pero había una percepción instantánea de lo que cada uno estaba diciendo. Por supuesto, si uno está apegado a algo, ideas, creencias, propiedades o personas, la muerte no vendrá a conversar con uno. La muerte en el sentido del fin, es libertad absoluta. La calidad de la conversación era cortés. No había nada de sentimiento, extravagancia emocional ni distorsión del hecho absoluto que es la cesación del tiempo y la vastedad sin límites que existe cuando la muerte forma parte de nuestra vida cotidiana. Había una sensación de que el cuerpo continuaría por muchos años, pero que la muerte y la otra entidad siempre marcharían juntas hasta que el organismo ya no pudiera seguir activo. Había un gran sentido de humor entre los tres y uno casi podía escuchar la risa. Y la belleza de ello estaba con las nubes y la lluvia. El sonido de esta conversación se expandía infinitamente, y el sonido era el mismo en el comienzo y no tenía fin. Era un canto sin principio ni final. La muerte y la vida están muy íntimamente unidas, como el amor y la muerte. Tal como el amor no es un recuerdo, así la muerte no tiene pasado. El miedo no participó en ningún momento en esta conversación, porque el miedo es oscuridad y la muerte es luz. Este diálogo no fue ilusión ni fantasía. Era como un susurro en el viento, pero el susurro era muy claro y, si usted escuchara, podría oírlo; entonces podría ser parte de ello. Entonces juntos podríamos participar de ello. Pero uno no lo escuchará si está demasiado identificado con su propio cuerpo, sus propios pensamientos y sus propias tendencias. Uno tiene que abandonar todo esto para entrar en la luz y el amor de la muerte.

Del Libro :Vida y Muerte de Krishnamurti

Editorial Kairos

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