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De la agresión y la distancia saludables

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De la agresión y la distancia saludables

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Reseña:


Madres e hijas

Cuando Jesús se delimita frente a la mujer suplicante, le permite a ella establecer un límite frente a su propia hija. La relación entre madre e hija sólo resulta si ambas pueden delimitarse bien entre sí. Naturalmente, esto no significa una delimitación absoluta.                                   La hija necesita también a la madre para desarrollar su propia identidad como mujer a través del encuentro con su madre.                                 Pero mientras los límites se diluyan, la hija no podrá hallar su propia identidad. La falta de claridad es como un demonio que se posa sobre ella. Ella ya no puede entenderse consigo misma. Y tampoco la madre sabe cómo tratar a la hija. Ella piensa, por su parte, que su hija está poseída por el demonio. En realidad, sólo a causa de la falta de límites se produce el conflicto entre madre e hija.                                   La psicoterapeuta Thea Bauriedl denomina «relación sin límites» a la relación simbiótica entre la madre y la hija. Cuando la relación entre la madre y la hija no conoce límites claros, la hija no sabe dónde está parada. Ella pierde la relación con sus propios sentimientos y hace suyos los sentimientos de la madre. Ella no puede decir qué siente ella misma. Algunas hijas reaccionan frente a esta ausencia de límites cerrándose absolutamente frente a la madre. Se separan tanto de la madre que esto lastima a su madre. La madre, a su vez, se siente desamparada frente a la hija. No puede acercarse a ella. Y, sin embargo, se ocupa constantemente de ella. Thea Bauriedl habla de un vínculo doble con referencia a la relación sin límites.                     La hija quisiera amar a la madre, pero al mismo tiempo piensa que la madre tiene temor frente a ese amor. Entonces suprime este sentimiento. Este vínculo doble la torna incapaz frente a las relaciones claras. Ella se siente atraída por las personas, desea su amor, pero al mismo tiempo lo suprime por temor de acercarse excesivamente al otro y que los demás no deseen este amor.

I.—

Delimitación exterior e interior

Las relaciones sin límites entre la madre y la hija tienen consecuencias funestas para la hija. Una mujer había escuchado una y otra vez, como mensaje de su madre, la siguiente frase: «Si no eres buena, me moriré». La exhortación a ser buena no era sólo una exigencia moral. Estaba vinculada a una amenaza masiva. Esto produjo que, finalmente, la mujer estuviera interiormente ligada por completo a su madre. Si cometía un error, tenía miedo de herir así a su madre y provocarle la muerte. Pero también la madre se sobreexige a través de una relación sin límites con la hija. Ya no conoce a su hija y no puede clasificar su comportamiento. Entonces intenta comprender a la hija y mostrarle más cercanía todavía. Con mucha frecuencia consiente a la hija con el fin de calmar sus propios remordimientos. Ella piensa que ha cometido un error en la educación y quiere subsanarlo ahora. Pero la confusión es cada vez mayor. Jesús le da valor a la mujer para delimitarse frente a su hija. También puede tomar con seriedad sus propias necesidades y respetar sus límites. Si puede establecer un límite frente a su hija, entonces también la hija encontrará su espacio en el que florezca y encuentre su propia identidad. Muchas hijas padecen por el hecho de que sus madres han transgredido continuamente sus límites. Al ser niñas, no les estaba permitido cerrar con llave su cuarto. La madre leyó su diario. Ellas no tenían un ámbito propio en el cual sentirse seguras. Cuando son adultas, estas hijas siempre tienen la impresión de que su madre se entromete. También tienen problemas para delimitarse frente a las demás personas o frente a sus propios hijos. Ellas adoptan inconscientemente la incapacidad de delimitarse de su madre. Interiormente continúan sintiéndose observadas y juzgadas por la madre. Y también tienen problemas en su ámbito propio, para delimitarse frente a su familia o frente a los deseos de sus compañeras de trabajo. El impulso de Jesús es, entonces, sanador: ellas pueden ser ellas mismas y separarse de su madre. Sólo si es exitosa la separación entre la madre y la hija, podrá crecer una relación fecunda en la cual la hija también pueda reconocer las raíces positivas que le ha dado su madre. Y luego, estas mujeres también serán capaces de delimitarse en su vida frente a las expectativas externas. No obstante, no se trata exclusivamente de una delimitación exterior. En el asesoramiento y el acompañamiento encontramos una y otra vez tales situaciones: muchas hijas están interiormente ligadas a la madre. Si bien exteriormente se han delimitado con éxito, muchas veces, inconscientemente, han adoptado el lado de sombra de la madre.

M.—

La madre siempre fue exteriormente amable y servicial. Pero de su interior emanaba una negación de la vida. La hija no sabe por qué a veces se siente tan agotada, paralizada y extenuada. Recién en la terapia toma conciencia de que ella vive el lado de sombra de su madre. Generalmente es necesario mucho tiempo para delimitarse de la madre también en el inconsciente. Ya que en el inconsciente estamos influenciados por el otro, lo queramos o no. Al tomar conciencia de lo inconsciente, podremos delimitarnos lentamente de los lados de sombra de la madre. Siempre volveremos a experimentar la sombra, inclusive al delimitarnos. En una situación de relación tal, el arte consiste en reconocer en primer lugar la sombra y luego tomar distancia de ella. Si me siento extenuada, puedo decirme: «Otra vez es la sombra de mi madre. Es el estado de depresión de mi madre. La dejo en ella». Si reconozco la influencia inconsciente de la madre, podrá crecer en mí la fuerza para levantarme y tomar mi vida activamente en mis manos. S i me distancio de la sombra, tomaré contacto con la energía que también está dentro de mí.

Distancia saludable

Las mujeres cuentan con frecuencia que les resulta difícil delimitarse frente a sus madres ancianas que requieren atención. Si bien quisieran atender por si mismas a su madre y facilitarles el ocaso de su vida, notan que van hacia ella con una resistencia interior, que se tornan agresivas cuando la madre expresa un deseo. Una mujer opinaba que: «Cuando dejo a mi madre, siempre me siento más débil, como exprimida». Ella absorbe la insatisfacción de la madre y permite que la lastime. En una situación así es necesario delimitarse. Una ayuda puede ser, por ejemplo, sentarse brevemente antes de la visita y meditar, para estar totalmente en uno mismo. Cuanto mayor sea el contacto que tenga la persona consigo misma, tanto menos podrá el otro herir su propio límite. Yo observo qué desea mi madre. No me opongo a ello, pero sólo lo noto. Luego confío en mi propia percepción respecto a qué deseos quiero responder y a cuáles no. De esta manera, será posible una relación no absorbente, libre y al mismo tiempo afectuosa con la madre, que será útil para ambas.

I.—

Otra ayuda consiste en devolver a la madre los sentimientos que uno percibe en el encuentro con ella. Por ejemplo, imagino cómo es en mi madre la insatisfacción que siento yo. Entonces crece en mí otro sentimiento. Más bien siento compasión por esta anciana que no puede aceptarse a sí misma, que está quebrada y disconforme consigo. Este ejercicio me ayuda a tratar a mi madre con mayor paciencia e indulgencia, sin sobreexigirme. No puedo evitar que durante el encuentro con otras personas emerjan en mí sentimientos negativos. Muchas veces me hago cargo de los sentimientos que están en el otro. En tanto, puedo reconocer en mis propios sentimientos cómo le va realmente al otro. Al devolverle al otro los sentimientos, tomo contacto con mis propios sentimientos. En lugar de enfrentarme a la agresión, enfrento entonces mi claridad interior; en vez de la insatisfacción, la compasión; en vez de la depresión, mi propia energía. Las emociones del otro traspasan mi propio límite durante el encuentro. Cuando lo percibo, puedo volver a delimitarme. Dejo las emociones en el otro y las observo desde una distancia saludable, sin evaluarlas o juzgarlas.

CAPÍTULO (7)

 

NO PERMITIR LA LESIÓN DE LOS PROPIOS LÍMITES

 

De la presión exterior y del propio centro

Totalmente consigo mismo Quien está en su propio centro, es ciertamente inmune frente a las lesiones de sus límites. El evangelista Marcos lo describe en algunas escenas: Jesús está totalmente consigo y no permite que lo desplacen de su propio centro. No permite que los demás le prescriban las reglas de juego según las cuales debería actuar. Al contrario: es soberano. Está en contacto consigo mismo y realiza lo que desde su interior percibe como adecuado. Sus opositores querrían disponer sobre él y acapararlo. Pero no logran avanzar más allá de los límites que él les señala.

M.—

Dos escenas son especialmente interesantes en este contexto. Por un lado, la descripción en Marcos 3,1-6: Otra vez entró Jesús en la sinagoga; y había allí un hombre que tenía seca una mano. Entonces dijo al hombre que tenía la mano seca: «Levántate y ponte en medio» (Mc 3,3). Jesús habría podido simplemente escuchar y entregarse a la oración. Pero siente un impulso interior para sanar al hombre enfermo. Al mismo tiempo nota que los fariseos lo observan. Ellos buscan un motivo para acusarlo. Si él cura en Sabbat a un enfermo que no corre riesgo de vida, ellos tendrían un motivo para tal acusación. Jesús no se deja intimidar por los fariseos. Al contrario, les formula una pregunta muy clara y a la vez aguda: «¿Es lícito en los días de reposo hacer bien, o hacer mal; salvar la vida, o quitarla?» (Mc 3,4). Jesús es el que actúa. Obliga a sus opositores a la reacción. Pero ellos son demasiado cobardes y no se animan a responder, ya que la pregunta que Jesús les formula revela su verdadera intención. Si ellos insisten en la observancia de los mandamientos, entonces hacen el mal en Sabbat, entonces destruyen la vida. Y eso no pueden admitirlo ni siquiera a sí mismos. Entonces callan. Pero Jesús no les da poder. Entonces, los mira uno a uno «con enojo, entristecido por la dureza de sus corazones» (Mc 3,5). El enojo es la fuerza para distanciarme del otro, para trazar un límite claro: «Allí estás tú y aquí yo. Tú puedes ser como eres. No te reprocho nada. Pero yo me mantengo en lo que pienso. Tú puedes tener un corazón duro y cerrado, pero es tu problema. Eso no me determinará a mí». Y Jesús hace lo que considera correcto. No les da poder a las expectativas y a la actitud de los fariseos. No permite que transgredan su límite y le prescriban con actitud rigurosa qué debe hacer. Él es soberano. Actúa a partir de su propio centro. Los otros podrán lesionar su límite, pero él no los admite. Él se protege contra la infracción.

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