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Inmortalidad

Programa: Reflexión sobre los Libros Azules


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El espíritu en el hombre es imperecedero; perdura, progresando de un punto a otro y de una etapa a otra en el Sendero de Evolución, desarrollando constante y secuencialmente los atributos y aspectos divinos. Esta verdad necesariamente involucra el reconocimiento de dos grandes leyes naturales: la Ley de Renacimiento y la Ley de Causa y Efecto. Las iglesias en Occidente rehusaron oficialmente reconocer la Ley de Renacimiento y de este modo se desviaron hacia un impasse teológico y hacia un callejón del cual no hay salida posible. Las iglesias en Oriente han recalcado excesivamente estas leyes, de manera que una actitud negativa e inactiva hacia la vida y sus procesos, basada en la oportunidad constantemente renovada, controla a la gente.

El cristianismo ha recalcado la inmortalidad pero hizo que la felicidad eterna dependa de la aceptación de un dogma teológico: Profesa la verdadera fe cristiana y vive eternamente en un fastuoso cielo; rehúsa aceptar la fe cristiana (o sea, ser un cristiano profesional negativo) y ve un infierno imposible —un infierno surgido de la teología del Antiguo Testamento y su presentación de un Dios lleno de odio y envidia. Ambos conceptos son hoy repudiados por toda la gente sana, sincera, reflexiva. Nadie con cualquier verdadero poder de razonamiento o con cualquier verdadera creencia en un Dios de amor acepta el cielo de los eclesiásticos ni tiene deseo alguno de ir allí. Aceptan todavía menos el “lago que arde con fuego y azufre” o la eterna tortura a la cual un Dios de amor se supone que condena a todos los que no creen en las interpretaciones teológicas de la Edad Media, de los fundamentalistas modernos o de los eclesiásticos irrazonables que procuran —mediante doctrina, temor y amenaza— mantener al pueblo en línea con la vieja enseñanza obsoleta. La verdad esencial reside en otra parte.

“Lo que el hombre siembre, eso cosechará”, es la verdad que necesita re-acentuarse. En estas palabras, San Pablo nos expresa la antigua y verdadera enseñanza de la Ley de Causa y Efecto, denominada en Oriente la Ley del Karma. Por el reconocimiento de los resultados de la acción —buenos o malos— y por el constante revivir en la tierra, el hombre alcanza finalmente “la medida de la estatura de la plenitud del Cristo”.

El hecho de esta divinidad innata explica el impulso en el corazón de todo hombre por mejorar, por adquirir experiencia, por progresar, por una realización creciente y por su constante marcha hacia la lejana cumbre que ha visualizado. No hay otra explicación a la capacidad del espíritu humano para surgir de la oscuridad, del mal y de la muerte, y entrar en la vida y el bien. Este surgimiento ha sido la historia infalible del hombre. Algo siempre está ocurriéndole al alma humana que proyecta al hombre más cerca de la fuente de todo bien, y nada puede detener este progreso en el acercamiento a Dios.

(De) los complejos de cielo o infierno, complejos de las actuales creencias religiosas… derivó automáticamente la idea de una entidad llamada alma, que podía gozar del cielo o sufrir en el infierno según la voluntad de Dios y como resultado de sus acciones mientras tenía forma humana. A medida que las formas del hombre acrecentaban su sensibilidad y se refinaban bajo la influencia de la ley de selección y de adaptación; a medida que la vida grupal se hacía más íntima y mejoraba la integración grupal, y que la herencia histórica, tradicional y artística se enriquecía y dejaba su impronta, así crecían esas ideas de Dios, y similarmente las ideas del alma y del mundo, los conceptos del hombre acerca de la realidad se profundizaban y enriquecían, de modo que hoy enfrentamos el problema de una herencia de pensamiento que atestigua un mundo de conceptos, ideas e intuiciones que tratan de lo inmaterial y lo intangible, dando testimonio de una milenaria creencia sobre el alma y su inmortalidad, para lo cual no existe justificación cierta. Al mismo tiempo la ciencia nos ha demostrado que lo único que podemos realmente conocer con certeza es el mundo tangible de los diversos y diferentes fenómenos, con sus formas, sus mecanismos, sus tubos de ensayo y sus laboratorios, y los cuerpos de los hombres “temerosa y maravillosamente hechos”, variados y diferentes. Estos de alguna manera misteriosa producen pensamientos, sueños e imaginaciones, y a su vez hallan expresión en los proyectos formulados del pasado, el presente y el futuro, o en los campos de la literatura, el arte y la ciencia misma, o en la simple vida cotidiana del ser humano común que vive, ama, trabaja, se divierte, engendra hijos, se alimenta, gana dinero y duerme.

¿Y después qué? ¿Desaparece el hombre en la nada, o sigue viviendo en algún lugar una parte de él, hasta ahora invisible? ¿Sobrevive este aspecto durante algún tiempo y a su vez desaparece, o hay un principio inmortal, una entidad sutil intangible que tiene existencia, ya en el cuerpo o fuera de él, y que es el Ser inmutable inmortal, en Cuya creencia se han sostenido incontables millones de seres en el trascurso de las épocas? ¿Es el alma una ficción de la imaginación o ha sido satisfactoriamente refutada su existencia por la ciencia? ¿Es la conciencia una función del cerebro y de su aliado sistema nervioso, o aceptaremos la idea de un morador consciente en la forma? ¿El poder de darnos cuenta y reaccionar al medio ambiente tiene su origen en la naturaleza del cuerpo, o hay una entidad que observa y acciona? ¿Es esta entidad distinta y separable del cuerpo, o es el resultado del tipo de cuerpo o de vida, por lo cual persiste después que desaparece el cuerpo, o desaparece con éste y se pierde? ¿Hay sólo materia o energía en constante movimiento provocando la aparición de hombres que reaccionan a su vez y expresan la energía que afluye ciega e inconscientemente a través de ellos, sin tener existencia individual? ¿O son todas estas teorías parcialmente verídicas, y llegaremos realmente a comprender la naturaleza y el ser del hombre sólo en la síntesis de todas ellas y en la aceptación de las premisas generales? ¿Es posible que los investigadores orientados en forma mecánica y científica hayan llegado a la correcta conclusión sobre el mecanismo y la naturaleza de la forma, y que los pensadores espiritualmente orientados que afirman la existencia de un ente inmortal también tengan razón? ¿O quizá falte aún algo que salve la brecha entre las dos posiciones? ¿Será probable que descubramos algo que vincule el mundo intangible del verdadero ser con el mundo tangible (así denominado) de la vida de la forma?

El hecho de la inmortalidad hoy está a punto de ser probado científicamente; ya ha sido comprobada la supervivencia de determinado factor, aunque éste aparentemente no es en sí intrínsecamente inmortal. La naturaleza fáctica del alma y el hecho de la supervivencia del alma y su eterna vivencia van de la mano y aún no han sido científicamente comprobados; sin embargo hoy son conocidos y reconocidos como verdades por tan incontables millones y por tantos intelectuales que —a menos que se plantee histeria colectiva y engaño colectivo— su existencia ya se conjetura correctamente.

 

Compilado “El Alma, la cualidad de la Vida”; de los libros azules, los libros de Alice Bailey.

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