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La Reaparición del Cristo: La Doctrina de Aquel que Viene

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La Reaparición del Cristo: La Doctrina de Aquel que Viene

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Reseña:


LA DOCTRINA DE AQUEL QUE VIENE

ENSEÑANZA OCCIDENTAL

 

Todo el sistema de revelación espiritual está basado (y siempre ha estado basado) en esta doctrina de interdependencia, de una planificada y arreglada vinculación consciente y de la trasmisión de energía desde un aspecto de manifestación divina a otro —desde Dios en el “Lugar secreto del Altísimo” hasta el ser humano más humilde, viviendo, luchando y penando en la tierra. En todas partes se encuentra esta trasmisión; “He venido para que puedan tener vida”, dice el Cristo, y las Escrituras del mundo están llenas de la intervención de algún Ser, originario de alguna fuente más elevada que la estrictamente humana. Siempre se encuentra el mecanismo apropiado a través del cual la divinidad puede llegar y comunicarse con la humanidad, y la doctrina de los Avatares o de divinos “Unos Que Vienen” tiene que ver con esta comunicación y estos Instrumentos de energía divina.

 

Los Avatares son de todos los grados y tipos; algunos de ellos son de gran importancia planetaria porque expresan ciclos completos de futuro desarrollo dentro de Sí Mismos y ponen la nota y dan la enseñanza que introducirán una nueva era y una nueva civilización; Ellos corporizan grandes verdades en pos de las cuales las masas de hombres deben trabajar y que aún constituyen un objetivo para las más grandes mentes de la época, aunque todavía no conciencializado. Ciertos Avatares también expresan en Sí Mismos la suma total de realización humana y de perfección racial, y así devienen los “hombres ideales” de las épocas. A otros, más grandes aún, se les permite ser los custodios de algún principio divino o alguna cualidad divina que necesita renovada presentación y expresión sobre la Tierra; esto Ellos pueden serlo porque han logrado perfección y han llegado a las iniciaciones más elevadas posibles. Tienen el don de ser estas cualidades espirituales corporizadas, y porque han expresado en plenitud tal principio específico o cualidad específica, pueden actuar como canales para trasmitirlos desde el centro de toda Vida espiritual. Esta es la base de la doctrina de los Avatares o Mensajeros divinos.

 

Uno así fue el Cristo; fue dos veces Avatar porque no sólo emitió la nota clave de la nueva era (hace más de dos mil años) sino que además, en alguna manera misteriosa e incomprehensible, personificó en Sí Mismo el divino Principio de Amor; fue el primero en revelar a los hombres la verdadera naturaleza de Dios. El grito invocativo de la humanidad (el segundo de los incentivos que producen un Surgimiento[1] divino) es potente en efecto porque las almas de los hombres, particularmente en acción concertada, contienen algo que es afín con la naturaleza divina del Avatar. Todos somos Dioses, todos hijos del Padre Uno, como nos lo ha dicho el último de los Avatares, el Cristo. Ese centro divino en cada corazón humano es el que, despierto a la actividad, puede evocar respuesta desde el Lugar elevado donde Aquel Que Viene aguarda Su hora de aparición. Sólo la demanda unida de la humanidad, su “intención masiva”, es lo que puede precipitar el descenso (como se lo denomina) de un Avatar.

 

… Espacio de Silencio…

 

Un Avatar es actualmente por lo general un Representante del segundo aspecto divino, el de Amor-Sabiduría, el Amor de Dios. Se manifestará como el Salvador, el Constructor, el Preservador; la humanidad no está todavía suficientemente desarrollada ni adecuadamente orientada hacia la vida del Espíritu como para soportar fácilmente el impacto de un Avatar que expresara la dinámica voluntad de Dios. Para nosotros hasta ahora (y esta es nuestra limitación), un Avatar es Quien preserva, desarrolla, construye, protege, escuda y socorre los impulsos espirituales por los cuales viven los hombres; eso que Lo trae a la manifestación es la necesidad del hombre y su demanda de preservación y ayuda. La humanidad necesita amor, comprensión y rectas relaciones humanas como una expresión de divinidad alcanzada. Esta necesidad es la que nos trajo antes al Cristo como el Avatar de Amor. El Cristo, ese gran Mensajero humano-divino, debido a su formidable logro —en la línea de comprensión— trasmitió a la humanidad un aspecto y una potencia de la naturaleza de Dios Mismo, el Principio amor de la Deidad. Luz, aspiración y el reconocimiento de Dios Trascendente habían sido la vacilante expresión de la actitud humana hacia Dios, antes del advenimiento del Buda, el Avatar de Iluminación. Luego el Buda vino y demostró en Su Propia vida el hecho de Dios Inmanente además de Dios Trascendente, de Dios en el universo y de Dios dentro de la humanidad. La Mismidad[2] de la Deidad y el Sí Mismo[3] en el corazón del hombre individual llegaron a ser un factor en la conciencia humana. Fue una verdad relativamente nueva para el hombre.

 

Sin embargo, hasta que Cristo vino y vivió una vida de amor y servicio y dio a los hombres el nuevo mandamiento de amarse los unos a los otros, muy poco se había acentuado a Dios como Amor en cualquiera de las Escrituras mundiales. Después que viniera como el Avatar de Amor, entonces Dios llegó a ser conocido como amor superno, amor como la meta y el objetivo de la creación, amor como el principio básico de relación y amor obrando a través de toda manifestación hacia un Plan motivado por el amor. Cristo reveló y acentuó esta cualidad divina, y de este modo alteró todo vivir humano, todas las metas y todos los valores humanos.

 

Cuando el Cristo, el Avatar de Amor, haga Su reaparición entonces los…

 

“Hijos de los hombres que ahora son los Hijos de Dios apartarán Sus rostros de la resplandeciente luz e irradiarán esa luz sobre los hijos de los hombres que todavía no saben que son los Hijos de Dios. Entonces aparecerá Aquel que Viene, acelerados Sus pasos a través del valle de la sombra por el Uno de tremendo poder Quien permanece en la cima de la montaña, exhalando amor eterno, luz superna y pacífica, silenciosa Voluntad.

 

 

 

 

 

Extraído de: “La Reaparición del Cristo”  (edición en revisión), Alice Ann Bailey.

[1]     Emergence

[2]     Selfhood

[3]     Self


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