Libérate de la Codependencia: ¡Cuidado con el pensamiento mágico!

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Libérate de la Codependencia: ¡Cuidado con el pensamiento mágico!

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Reseña:


ESTABLECE TUS PROPIAS METAS

 

¿Queremos cambiar algo en nosotros mismos: aprender a decir no, tomar una decisión particular, resolver algún enojo? Conviértelo en una meta. ¿Deseamos mejorar nuestras relaciones con ciertas personas: nuestros hijos, amigos, cónyuge, un familiar? Conviértelo en una meta, ¿Queremos establecer nuevas relaciones, perder peso, subir de peso, dejar de preocuparnos, dejar de controlar? ¿Deseamos aprender a divertimos, aprender a disfrutar del sexo, lograr la aceptación de determinada persona o incidente, perdonar a alguien?

Creo que con todo éxito podemos convertir cada aspecto de nuestra vida en una meta. Si nos molesta, haz de ello una meta. Si nos percatamos de que debemos cambiar algo, hagamos de ello una meta. Si queremos algo, convirtámoslo en una meta. Omitamos los “debería de…” Ya tenemos demasiados “debería de” controlando nuestras vidas; no los necesitamos en nuestras vidas; no los necesitamos en nuestras metas. Fijémonos como meta liberarnos del 75% de los “debería”. No nos limitemos. Vayamos por todo, no seamos de medias tintas. Luchemos por lograrlo todo: todo lo que deseamos, todos los problemas que deseamos solucionar, todos nuestros deseos, y hasta algunos de nuestros caprichos. No nos preocupemos. Si no debemos tener todo ello, no lo tendremos. Si lo debemos de tener, yo creo que mejoramos nuestras probabilidades de obtenerlo si lo convertimos en una meta.

I.—

Escribamos en un papel nuestras metas. Hay un poder extraordinario en escribir nuestras metas, en vez de guardarlas vagamente en nuestra mente. Nos preocupamos menos, tenemos menos en qué pensar, y le da un punto focal y una organización a nuestras metas. Llevar un registro de nuestras metas también nos ayuda a dirigir nuestra energía y a estar en contacto con nuestro poder superior. No tenemos que escribir nuestras metas con un estilo demasiado formal o perfecto, ni usar palabras o sistemas particulares. Escríbelas en un papel. Entreguemos a Dios nuestras metas por escrito. Digámosle a Dios que estas son las cosas que nos interesan, pidámosle su ayuda, y luego sometámonos con humildad. A esto se le llama: “Hágase tu voluntad y no la mía”. Soltémoslas. Tengamos a mano nuestras metas donde podamos mirarlas cuando lo necesitemos, pero no nos preocupemos ni nos obsesionemos acerca de cómo, cuándo, si… y qué tal si… Algunos sugieren que nos repitamos nuestras metas a diario. Yo no, excepto cuando me estoy fijando metas cotidianas. Pero pueden hacerlo cada vez que lo deseen. Una vez que he puesto mis metas sobre el papel, trato de no controlarlas ni forzarlas.                                            Hagamos lo que podemos, por el día de hoy. Dentro del marco de las 24 horas de cada día, hagamos lo que parece adecuado y apropiado. Hagamos la voluntad de Dios ese día.

Hagamos lo que la inspiración nos dicte. Hagamos lo que se nos presente como necesario, Hagámoslo en paz y con fe. De esta forma pueden suceder y suceden cosas maravillosas. Pruébenlo.

Tenemos que poner nuestra parte. Pero creo que podemos hacer y que haremos mejor nuestra parte haciendo una cosa por el día de hoy. Si es tiempo de que hagamos algo, lo sabremos.

M.—

Si es tiempo de que suceda algo, sucederá, Confiemos en nosotros mismos y en Dios. Fija tus metas en forma regular y según lo requieras. A mí me gusta fijar mis nietas anuales al principio de cada año, Esto me indica que estoy interesada en vivir mi vida ese año en especial. No creo en las resoluciones de año nuevo; yo creo en las metas. También escribo mis metas a medida que se me ocurren durante el año. Si estoy enfrentando un problema, he detectado una necesidad, o siento que deseo algo nuevo, lo convierto en una meta y la añado a mi lista. También utilizo las metas para atravesar épocas de crisis, cuando me siento sacudida. En esas temporadas, escribo todas las cosas que quiero y deseo lograr sobre una base diaria, semanal o mensual. Tachemos las metas que hemos alcanzado. Sí, empezaremos a alcanzar nuestras metas. Satisfaremos nuestras necesidades y deseos. Lograremos ciertas cosas que son importantes para nosotros. Cuando esto suceda, tachemos esa meta, felicitémonos, y demos gracias a Dios. De esta manera ganaremos confianza en nosotros mismos, en el hábito de fijarnos metas, en Dios, y en el ritmo de la vida. Nosotros mismos veremos que nos suceden cosas buenas. En ocasiones, podemos experimentar un bajón cuando alcanzamos una meta, si esta ha sido una meta importante que ha requerido de mucha energía o si hemos tenido un “pensamiento mágico” acerca de lograrla.  (El pensamiento mágico incluye pensamientos tales como: “Viviré por siempre feliz cuando solucione este problema”, o “Viviré por siempre feliz cuando tenga esa cama de agua”.) Para evitar un bajón, es importante tener una larga lista de metas y evitar el pensamiento de tipo mágico.

I.—

Yo no he alcanzado aún una meta ni he solucionado un problema que me haya permitido vivir por siempre feliz después de hacerlo. La vida sigue adelante, y trato de vivir felizmente y en paz. Quizá lleguemos a no poder prescindir de una lista de problemas que necesitemos convertir en metas. Probablemente nunca estaremos sin deseos y necesidades. Pero este proceso del fijarse uno metas, además de hacer la vida más disfrutable, nos ayuda a desarrollar cierta fe en los altibajos de la vida y en la bondad que en general se da en esta. Los problemas surgen. Los problemas se resuelven. Nos vienen a la conciencia deseos y necesidades. Satisfacemos deseos y necesidades. Nacen sueños nuevos. Alcanzamos nuestros sueños. Las cosas suceden. Nos suceden cosas buenas. Luego, surgen nuevos problemas. Pero toda está bien. Seamos pacientes. Confiemos en el tiempo que Dios nos marca. No quitemos una meta de la lista si todavía es importante para nosotros sólo porque no la logramos o no recibimos algo cuando lo esperábamos; los malvados “debería de…” infiltran cada área de nuestra vida. En ocasiones, mis metas no se cumplen por años enteros. Cuando fijo mis metas en forma anual, he mirado mi lista y he pensado: “¡Oh! este problema nunca se resolverá. Ha estado en mi lista por años”. O: “Este sueño nunca se hará realidad. Es el cuarto año consecutivo que lo he fijado por escrito”. O: “Nunca seré capaz de cambiar este defecto de carácter que tengo”. No es cierto. Simplemente, aún no ha sucedido.

M.—

He aquí uno de los mejores pensamientos que he encontrado acerca de la paciencia. Es un extracto del libro de Dennis Wholey sobre el alcoholismo, (El valor para cambiar). He comenzado a darme cuenta de que el esperar es un arte, que el esperar logra cosas. Esperar puede ser muy, muy poderoso. El tiempo es una cosa valiosa. Si puedes esperar dos años a veces puedes lograr algo que no podrías haber conseguido hoy, no importa cuán arduamente hubieras trabajado, no importa cuánto dinero hubieras echado al aire, no importa cuántas veces te hubieras azotado la cabeza contra la pared… Las cosas suceden cuando llega el tiempo de que así sea; cuando estemos listos, cuando Dios esté listo, cuando el mundo esté listo. Déjalas. Suéltalas. Pero mantenlas, en tu lista. Necesitamos fijar metas para nosotros mismos. Inicia hoy cuando termines este capítulo. Si no tienes ninguna meta, que la primera meta sea “tener algunas metas”. Quizás no empieces a vivir por siempre feliz, pero puede que empieces a vivir feliz, pero tal vez empieces a serlo.

I.—

                              CAPITULO XVII

                          LA COMUNICACIÓN

Cuando estás haciendo lo que para ti es correcto,

está bien decirlo una sola vez, en forma sencilla,

y luego rehusarse a discutirlo con más detalles.

                                         Toby Rice Drews

Muchos codependientes tienen habilidades pobres para la comunicación. Cuidadosamente escogemos nuestras palabras para manipular, para complacer a la gente, controlar, ocultar y aliviar los sentimientos de culpa. Nuestra comunicación destila sentimientos reprimidos, pensamientos reprimidos, motivos ulteriores, baja autoestima y vergüenza. Reímos cuando queremos llorar, y decimos que estamos muy bien cuando no lo estamos. Permitimos que se nos moleste y se nos entierre. A veces reaccionamos en forma inapropiada. Justificamos, racionalizamos, compensamos y nos llevamos entre las patas a los demás. No somos asertivos. Fastidiamos y amenazamos, y luego nos echamos para atrás.               A veces mentimos. Con frecuencia somos hostiles. Pedimos un montón de disculpas, e insinuamos lo que queremos y necesitamos. Los codependientes no somos directos. No decimos lo que queremos decir, y no queremos decir lo que decimos. No lo hacemos a propósito. Lo hacemos porque hemos aprendido a comunicarnos de esta manera. En algún momento, ya sea dentro de la familia que tuvimos en la niñez o en nuestra familia de adultos, aprendimos que no estaba bien hablar acerca de los problemas, expresar opiniones y expresar sentimientos. Aprendimos que no estaba bien declarar directamente lo que queríamos y necesitábamos. Ciertamente estaba mal decir que no, y salirnos con la nuestra. Un padre o un cónyuge alcohólico estará encantado de enseñar estas reglas; nosotros hemos estado demasiado dispuestos a aprenderlas y aceptarlas.

M.—

Como pregunta John Powell en el título de su excelente libro sobre comunicación ¿Por qué temo decirte quién soy yo? Cada uno de nosotros debe responder a esa pregunta. Powell dice que es porque lo que somos es todo lo que tenemos, y tenemos miedo de ser rechazados. Algunos de nosotros podemos tener miedo porque no estamos seguros de quiénes somos y de lo que queremos decir. Muchos de nosotros hemos sido inhibidos y controlados por una o más de las reglas familiares que he discutido anteriormente en este capítulo. Algunos hemos tenido que seguir estas reglas para protegernos, para sobrevivir. Sin embargo, creo que la mayoría de nosotros tenemos miedo de decirle a la gente quiénes somos porque creemos que no está bien que seamos como somos. Muchos de nosotros no nos gustamos y no confiamos en nosotros mismos. No confiamos en nuestros pensamientos. No confiamos en nuestros sentimientos. Pensamos que nuestras opiniones apestan. No creemos que tengamos derecho a decir no. No estamos seguros de lo que queremos y necesitamos; y si lo sabemos, nos sentimos culpables de tener deseos y necesidades. Podemos sentimos avergonzados por tener problemas. Muchos de nosotros ni siquiera confiamos en nuestra capacidad para identificar adecuadamente los problemas y estamos más que dispuestos a echamos para atrás si alguien insiste en que ahí no hay ningún problema.

I.—

La comunicación no es mística. Las palabras que decimos reflejan quiénes somos: qué pensamos, juzgamos, sentimos, valoramos, honramos, amamos, odiamos, tememos, deseamos, esperamos, creemos y con qué nos comprometemos. Sí pensamos que somos inadecuados para la vida nuestra comunicación lo reflejará: juzgaremos que otros tienen todas las respuestas; nos sentiremos enojados, lastimados, atemorizados, culpables, necesitados y controlados por los demás. Desearemos controlar a los demás, valoraremos complacer a los demás a cualquier costo, y temeremos la desaprobación y el abandono. Esperaremos todo pero creeremos que no nos merecemos y no obtendremos nada a menos que forcemos las cosas para que sucedan, y permanezcamos en el empeño de ser responsables por los sentimientos y la conducta de otras personas. Estamos congestionados con sentimientos y pensamientos negativos. No es de extrañar que tengamos problemas de comunicación. Hablar clara y directamente no es difícil. De hecho, es fácil. Y divertido. Empecemos por saber que está bien ser como somos. Nuestros sentimientos y pensamientos están bien. Nuestras opiniones cuentan. Está bien hablar acerca de nuestros problemas. Y está bien decir que no. Podemos decir que no cada vez que así lo sintamos. Es fácil. Dilo ahora mismo. Diez veces. ¿Viste qué fácil fue? Por cierto, los demás también pueden decir que no. Se hace más fácil si tenemos iguales derechos. Cada vez que nuestra respuesta sea no, empecemos a responder con la palabra no en vez de decir, “no lo creo”, o “tal vez”, o cualquiera otra frase vacilante. Digamos lo que queremos, y queramos decir lo que decimos. Si no sabemos qué queremos decir, quedémonos callados y pensemos sobre ello. Si nuestra respuesta es, “no lo sé”, digamos “no lo sé”.

M.—

Aprendamos a ser concisos. Dejemos de andarle dando vueltas a la gente. Lleguemos al punto y cuando lo hayamos hecho, detengámonos. Hablemos acerca de nuestros problemas. No le somos desleales a nadie al revelar quiénes somos y sobre qué tipo de problemas estamos trabajando. Lo único que sí hacemos es fingir al no ser quiénes somos. Compartamos secretos con amigos de confianza que no los usarán en contra nuestra ni nos ayudarán a sentirnos avergonzados. Podemos tomar decisiones apropiadas acerca de con quién hablar, qué tanto decirle y cuál es el mejor momento para hablar. Expresemos nuestros sentimientos abiertos, honestos, adecuados y responsablemente. Permitamos que los demás hagan lo mismo. Aprendamos las palabras: Yo siento. Permitamos que los demás digan estas palabras y aprendamos a escuchar, no a arreglar. Podemos decir lo que pensamos. Aprendamos a decir: “Lo que pienso es esto”. Nuestras opiniones pueden ser diferentes a las de los demás. Eso no significa que estemos mal. No tenemos que cambiar nuestras opiniones, y tampoco la otra persona, a menos que alguno de nosotros lo desee. Podemos incluso estar equivocados. Podemos decir qué esperamos sin exigir que los demás cambien para acoplarse a nuestras necesidades. Otras personas pueden decir qué esperan, y si no queremos hacerlo tampoco tenemos que cambiar para adaptarnos a ellas.

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