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Libérate de la Codependencia: Siente tus propios sentimientos

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Libérate de la Codependencia: Siente tus propios sentimientos

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Reseña:


Probablemente pasaremos por este proceso a causa de cualquier hecho en nuestras vidas que no hayamos aceptado. Una persona codependiente o una persona químicamente dependiente puede estar en muchas etapas del proceso de pena a causa de varias pérdidas, todas a un tiempo. La negación, la depresión, el regateo y la ira pueden venir todas en avalancha. Podemos no saber qué es lo que tratamos de aceptar. Incluso podemos ignorar que estamos luchando por aceptar una situación. Simplemente nos sentimos como si nos estuviéramos volviendo locos.
No es así. Familiaricémonos con este proceso. El proceso entero puede tener lugar en treinta segundos si se trata de una pérdida menor; puede durar años o la vida entera cuando la pérdida es significativa. Como este es un modelo, podemos no ir por las distintas etapas exactamente como las he delineado. Podemos ir y venir de la ira a la negación, de la negación al regateo, del regateo una vez más a la negación. Sin importar la velocidad y la ruta que emprendamos en nuestro viaje a través de estas etapas, debemos atravesarlas. Elisabeth Kübler-Ross dice que no sólo es un proceso normal, sino que es un proceso necesario, y cada etapa es necesaria. Debemos protegemos de los golpes de la vida con la negación hasta que estemos mejor preparados para manejarlos. Debemos sentir ira y culpa hasta que las expulsemos de nuestro cuerpo. Debemos tratar de negociar, y debemos llorar. No es necesario dejar que las etapas dicten nuestras conductas, pero cada uno de nosotros, para nuestro propio bienestar y aceptación final, necesita pasar individualmente un tiempo adecuado en cada etapa. Judi Hollis citó a Fritz Perls, el padre de la terapia de la Gestalt, de esta manera: “La única manera de salir es atravesando”.
Somos seres fuertes. Pero, en muchos sentidos, somos frágiles. Podemos aceptar el cambio y la pérdida, pero lo logramos a nuestro propio ritmo y a nuestra propia manera. Y sólo nosotros y Dios podemos determinar la duración.

I.— “Sanos son quienes viven el duelo”, escribe Donald L. Anderson, ministro religioso y psicólogo, en (Mejor que benditos). “Sólo recientemente hemos empezado a darnos cuenta de que negar la pena es negar una función humana natural y que tal negación a veces produce espantosas consecuencias”, prosigue.
La pena, como cualquier emoción auténtica, va acompañada por ciertos cambios físicos y por la liberación de una forma de energía psíquica. Si esa energía no se gasta en el proceso normal de apesadumbramiento, se vuelve destructiva dentro de la persona… Incluso la enfermedad física puede ser el castigo por una pena no resuelta… Cualquier evento, cualquier percepción que contenga un sentido de pérdida para ti puede, y debe, hacernos vivir un duelo. Esto no significa una vida de tristeza incesante. Significa estar dispuestos a admitir un sentimiento honesto en vez de siempre tener que reír para huir del dolor. No sólo es permisible admitir la tristeza que acompaña a cada pérdida, es la opción sana.
Podemos darnos permiso de pasar por este proceso cuando enfrentamos pérdida y cambio, incluso pérdidas y cambios menores. Seamos dóciles con nosotros mismos. Este es un proceso agotador. Puede drenar casi toda nuestra energía y sacarnos de equilibrio. Miremos cómo atravesamos las etapas y sentimos lo que necesitamos sentir. Hablemos con la gente, con la gente que está a salvo y nos brindará el consuelo, el apoyo y la comprensión que necesitamos. Hablemos de ello; hablemos largamente. Una cosa que me ayuda es dar gracias a Dios por la pérdida —por mis circunstancias actuales— sin importar cómo me sienta o qué piense acerca de ellas. Otra cosa que ayuda a mucha gente es la plegaría de la serenidad. No debemos actuar o comportarnos de manera inadecuada, pero necesitamos atravesar este proceso. Otros lo hacen también. Comprender este proceso nos ayuda a ser un apoyo mayor para los demás, y nos da el poder para decidir cómo nos comportaremos y qué haremos para cuidar de nosotros cuando nos toque atravesarlo.
Aprende el arte de la aceptación. Causa mucha pena.

M.— Capítulo XIII 13.
Siente tus propios sentimientos.

Cuando reprimo mis emociones, mi estómago lleva la cuenta…
John Powell
“Yo solía facilitar grupos para ayudar a la gente a manejar sus sentimientos”, dice la esposa de un alcohólico. “Solía expresar abiertamente mis emociones. Ahora, luego de ocho años en esta relación, no podría decirles lo que sentía aunque mi vida dependiera de ello.” Como codependientes, a menudo perdemos contacto con nuestra parte emocional. A veces nos aislamos emocionalmente para evitar que nos aplasten. Ser vulnerable emocionalmente es peligroso. Se amontona una herida sobre otra, y a nadie parece importarle. Alejarse se vuelve la opción más segura. Nos vemos sobrecargados de dolor, de modo que hacemos corto circuito para protegernos. Podemos retiramos emocionalmente de cierta gente, de quienes pensamos que nos pueden herir. No confiamos en esas personas y ante ellas ocultamos nuestra parte emocional. A veces nos sentimos obligados a retirar nuestras emociones. Los sistemas familiares que sufren los efectos del alcoholismo y de otros trastornos rechazan la honestidad emocional y a veces parecen demandar la deshonestidad. Consideremos nuestros intentos por explicarle a un borracho cómo nos sentimos cuando él o ella chocaron el coche, arruinando nuestra fiesta de cumpleaños, o vomitando en nuestra cama. Nuestros sentimientos pueden provocar reacciones incómodas en los otros, tales como la ira. Expresar nuestros sentimientos puede ser incluso peligroso para nuestro bienestar físico, porque esto bambolea el barco familiar. Incluso familias que no tienen una historia de alcoholismo rechazan los sentimientos. “No te sientas así. Ese sentimiento es inadecuado. De hecho, ni siquiera sientas”, puede ser el mensaje que escuchamos. Pronto aprendemos la mentira de que nuestros sentimientos no cuentan, de que de alguna manera nuestros sentimientos están equivocados. A nuestros sentimientos no se les escucha, de modo que también nosotros dejamos de escucharlos.

I.— Puede parecer más fácil, en ocasiones, no sentir. Tenemos tantas responsabilidades porque hemos asumido muchas responsabilidades de la gente que nos rodea. Debemos de hacer lo que es necesario de todas maneras. ¿Para qué tomar tiempo en sentir? ¿Qué cambiaría eso? A veces tratamos de hacer desaparecer nuestros sentimientos porque nos dan miedo, Reconocer lo que verdaderamente sentimos demandaría una decisión —acción o cambio— de parte nuestra. Nos enfrentará cara a cara con la realidad. Estaríamos conscientes de lo que estamos pensando de lo que queremos, y de lo que necesitamos hacer. Y todavía no estamos listos para hacer eso. Los codependientes están oprimidos, deprimidos y reprimidos. Muchos de nosotros podemos decir rápidamente lo que alguien más está sintiendo, por qué una persona se siente de determinada manera, cuánto tiempo se han sentido así, y qué es lo que esa persona probablemente hará respecto a ese sentimiento. Muchos de nosotros pasamos la vida inquietándonos por los sentimientos de los demás. Tratamos de componer los sentimientos de la gente. Tratamos de controlar los sentimientos de los demás. No queremos lastimar a la gente, no queremos irritarla, y no queremos ofenderla. Así de responsables nos sentimos por los sentimientos de los demás. Y, sin embargo, no sabemos lo que nosotros estamos sintiendo. Y si lo sabemos, no sabemos qué hacer para componernos. Muchos de nosotros hemos abandonado o nunca hemos asumido la responsabilidad por nuestro yo emocional. ¿Qué tan importantes son los sentimientos, a fin de cuentas? Antes de responder esta pregunta, permítanme contarles cuando estuve en tratamiento para liberarme de mi dependencia química en el hospital estatal de Wilimar, en Wilimar, Minnesota, en 1973. Me enfrenté a deshacerme de un hábito de diez años de consumo de alcohol, heroína, morfina, metadona, cocaína, barbitúricos, anfetaminas, mariguana y de cualquiera otra sustancia que aun remotamente prometiera cambiar la forma como me sentía. Cuando le pregunté a mi terapeuta, Ruth Anderson, y a otros terapeutas cómo hacerlo, me respondieron: “Maneja tus sentimientos”. También me sugirieron que acudiera a Alcohólicos Anónimos.

M.— Comencé a manejar mis sentimientos. Al principio me sentí terriblemente mal. Tenía tales explosiones emocionales que pensé podía volarme la tapa de los sesos. Pero funcionó, Experimenté mis primeros días y meses de sobriedad. Luego, llegó el momento de abandonar el tratamiento. Me vi enfrentada con la desacostumbrada perspectiva de tratar de acomodarme dentro de la sociedad. Yo no tenía un currículum; puede ser muy difícil para un adicto a la heroína encontrar y mantener un empleo provechoso. Tenía que cortar mis relaciones con cualquiera que yo supiera que usaba sustancias químicas, todas las personas que conocía. Mi familia estaba escéptica acerca de mi recuperación y, además, comprensiblemente molesta por algunas de las cosas que yo había hecho. Por lo general, yo había dejado un caudal de destrucción y de caos atrás, y no pensaba que hubiera ningún lugar en la sociedad para mí. Mi vida se extendía delante de mí, y prometía poco. Al mismo tiempo, mi terapeuta me decía que siguiera adelante y que empezara a vivir. Otra vez le pregunté cómo podía hacer exactamente eso. De nuevo, ella y otros replicaron: “Sigue manejando tus sentimientos. Ve a AA y todo estará bien”. Me sonaba un poco simplista, pero no tenía muchas opciones. Sorprendentemente, y gracias a la ayuda de un poder superior, ha funcionado hasta la fecha. Me metí en aguas profundas con mi codependencia cuando me pensé demasiado sofisticada para manejar sentimientos. La moraleja de esta historia es que manejar los sentimientos y acudir a AA puede ayudar a recuperarnos de la dependencia química. Pero va más allá de eso, y responde a la pregunta que hice antes, ¿qué tan importantes son los sentimientos? Los sentimientos no son el fin ni el principio del vivir. Lo sentimientos no deben dictar o controlar nuestro comportamiento, pero tampoco podemos ignorar nuestros sentimientos. No pueden ser ignorados. Nuestros sentimientos son muy importantes. Cuentan. Importan. Nuestra parte emocional es especial. Si hacemos que los sentimientos se vayan, si los alejamos, nos perdemos de una parte importante de nosotros mismos y de nuestras vidas.

I.— Los sentimientos son nuestra fuente de alegría, y también de tristeza, de miedo y de ira. La parte emocional de nosotros es la parte que ríe y la que llora. La parte emocional de nosotros es el centro para dar y recibir la cálida llama del amor. Esa parte de nosotros nos permite sentirnos más cerca de la gente. Esa parte de nosotros nos permite disfrutar del tacto y de otros sentimientos sensuales. Nuestros sentimientos también son indicadores. Cuando nos sentimos felices, cómodos, cálidos y contentos, por lo general sabemos que todo está bien en nuestro mundo, en el momento presente. Cuando nos sentimos disgustados, con enojo, miedo o tristeza, nuestros sentimientos nos dicen que hay un problema. Puede estar en nuestro interior —algo que estamos haciendo o pensando— o puede ser externo. Pero algo está mal. Los sentimientos también pueden ser motivadores positivos. La ira puede ayudarnos a resolver un molesto problema. El miedo nos empuja a correr fuera del peligro. Las heridas que se repiten y el dolor emocional nos dicen que nos mantengamos alejados. Nuestros sentimientos también nos pueden dar claves para conocernos a nosotros mismos: nuestros deseos, necesidades y ambiciones. Nos ayudan a descubrirnos ya conocer lo que realmente estamos pensando. Nuestras emociones también golpean esa parte de nosotros que busca y sabe la verdad y desea la autopreservación, el automejoramiento, la seguridad y la bondad. Nuestras emociones están conectadas a nuestro proceso de pensamiento consciente, cognoscitivo ya ese don misterioso llamado instinto o intuición. Hay, sin embargo, un lado oscuro en las emociones. El dolor emocional duele. Puede doler tanto que lleguemos a pensar que todo lo que somos o seremos lo abarca nuestra parte emocional. El dolor y la tristeza pueden prolongarse. El miedo puede ser un freno; puede impedirnos hacer las cosas que queremos y necesitamos hacer para vivir nuestra vida.

M.— En ocasiones podemos quedarnos varados en nuestras emociones —atrapados en un pozo de un cierto sentimiento oscuro— y pensar que nunca saldremos de él. El enojo puede enconarse en resentimientos y amargura y amenazar con prolongarse indefinidamente. La tristeza puede volverse depresión, y casi sofocarnos. Algunos de nosotros vivimos con miedo durante largos periodos. Nuestros sentimientos también pueden engañarnos. Nuestras emociones pueden llevarnos a situaciones a las cuales nuestra cabeza nos aconseja no ir. A veces los sentimientos son como algodones de azúcar: aparentan ser más de lo que son en realidad. A pesar del lado oscuro de las emociones —aquellas que son dolorosas, aquellas que se prolongan y las que nos engañan— hay un panorama que es aún más sombrío si elegimos volvernos inemocionales. No asumir nuestros sentimientos, aislarnos emocionalmente y alejar esa parte de nosotros puede ser incómodo, poco sano y autodestructivo. Reprimir o negar los sentimientos nos puede provocar dolores de cabeza, trastornos digestivos, dolores de espalda y estados físicos de debilitamiento general que pueden abrir la puerta a muchas enfermedades. Reprimir sentimientos —especialmente si lo hacemos durante la fase de negación del proceso de pena— nos puede causar problemas como el comer en exceso o demasiado poco, el uso de alcohol u otras drogas, conductas sexuales compulsivas, gastar dinero en forma compulsiva, no dormir lo suficiente, dormir en exceso, obsesionarnos, hacer ademanes de control, y otras conductas compulsivas. Los sentimientos son energía Los sentimientos reprimidos bloquean nuestra energía. No estamos en la mejor forma cuando estamos bloqueados.

I.— Otro problema con los sentimientos reprimidos es que estos no desaparecen. Se prolongan, a veces haciéndose cada vez más fuertes y provocando que hagamos cosas peculiares. Debemos mantenernos un paso adelante del sentimiento, tenemos que mantenernos ocupados, tenemos que hacer algo. No nos atrevemos a quedarnos quietos y en paz porque entonces podríamos sentir esas emociones. Y el sentimiento podría irrumpir de todas maneras, imponiéndonos hacer algo que nunca tuvimos la intención de hacer: gritarles a los niños, dar una patada al gato, derramar algo sobre nuestro vestido favorito, o llorar en una fiesta. Quedamos varados en los sentimientos porque estamos tratando de reprimirlos y al igual que un vecino insistente, no se irán hasta que reconozcamos su presencia. La gran razón para no reprimir esos sentimientos es que el aislamiento emocional nos hace perder nuestros sentimientos positivos. Perdemos la capacidad para sentir. A veces este puede ser un alivio bienvenido si el dolor se vuelve demasiado grande o demasiado constante, pero este no es un buen plan de vida. Podemos cerrar nuestras hondas necesidades —las de amar y de ser amados— cuando cerramos nuestras emociones. Podemos perder nuestra capacidad para disfrutar del sexo, del tacto humano. Perdemos la capacidad de sentirnos cerca de la gente, que se conoce como intimidad. Perdemos nuestra capacidad para disfrutar de las cosas placenteras de la vida. Perdemos contacto con nosotros y con nuestro medio ambiente. Ya no estamos en contacto con nuestros instintos. No percibimos nuestros sentimientos, ni lo que nuestros sentimientos nos están diciendo, ni problema alguno en nuestro medio ambiente. Perdemos el poder motivador de los sentimientos. Si no sentimos, probablemente no estamos analizando el pensamiento que acompaña al sentimiento, y no sabemos lo que nuestros yos nos están diciendo. Y si no manejamos nuestros sentimientos no cambiamos y no crecemos. Nos quedamos varados. Los sentimientos pueden no ser siempre un barril de felicidad, pero reprimirlos puede ser verdaderamente desastroso. Así que, ¿cuál es la solución? ¿Qué hacemos con estos incómodos sentimientos que parecen ser tanto una carga como un deleite? Los sentimos. Podemos sentir. Está bien sentir nuestros sentimientos, Está bien que tengamos sentimientos, todos los que hay.

M.— Incluso está bien que los hombres sientan. No está mal que haya sentimientos. Estos no son inadecuados. No necesitamos sentirnos culpables acerca de tos sentimientos. Los sentimientos no son hechos; sentir una furia homicida es enteramente distinto que cometer suicidio. Los sentimientos no se deben juzgar como buenos o malos.
Los sentimientos son energía emocional; no son rasgos de personalidad. La gente dice que hay cientos de sentimientos diferentes, que van de un ligero desagrado a un verdadero malhumor, de la exuberancia al deleite, etcétera. Algunos terapeutas han reducido la lista a cuatro: furia, tristeza, alegría y miedo, Estos son los cuatro grupos de sentimientos primarios, y todos los demás son matices y variaciones de ellos. Por ejemplo, sentirse solo y “estar azotadísimo”, caerían dentro de la categoría de la tristeza; la ansiedad y el nerviosismo serían variaciones del miedo; ver todo color de rosa y estar contento se catalogarían dentro de la alegría. Pueden llamarlos como quieran; lo importante es sentirlos. Eso no significa que tengamos siempre que estar en guardia por un sentimiento o por otro. No significa que tengamos que dedicar una cantidad extraordinaria de nuestras vidas a revolcarnos en el estiércol emocional. De hecho, manejar nuestros sentimientos significa que podemos salir del estiércol. Significa que si sobreviene un sentimiento —energía emocional—, podemos sentirla. Nos tomamos unos momentos, reconocemos la sensación, y seguimos al siguiente paso. No censuramos. No bloqueamos. No nos escapamos. No nos decimos a nosotros mismos: “No sientas eso. Algo debe de estar mal dentro de mí”. No nos juzgamos a nosotros mismos por nuestros sentimientos. Los experimentamos. Permitimos que la energía pase por nuestros cuerpos, y la aceptamos como nuestra energía emocional, como nuestro sentimiento. Decimos “está bien.” Luego, hacemos ese algo místico que la gente define como “manejar nuestros sentimientos”. Respondemos en forma adecuada a nuestras emociones. Examinamos los pensamientos que las acompañan, y las aceptamos sin represión ni censura

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