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Límites Sanadores: Diferentes tipos de límites

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Límites Sanadores: Diferentes tipos de límites

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Reseña:


“Quien no saber decir no, enfermará.

Quien siempre quiera responder a todas

las expectativas, pronto notará con dolor sus límites.

Pero sólo aquel que tiene su centro podrá

crecer más allá de sus propios límites.

Y, quien sabe de sus límites, podrá acercarse

al otro y encontrarlo verdaderamente.”

Anselm Grün

C A P ÍT U L O (4)

VIVIMOS DENTRO DE LÍMITES ESTABLECIDOS

De la altanería y la humildad

Un ser del límite

El libro de Job relata una historia de la humanidad que conmovió a los hombres de todos los tiempos. Job debió experimentar en su pena, cuánto puede doler que Dios le imponga límites fijos al hombre. Entonces se lamenta frente a Dios: «Ciertamente sus días están determinados, y el número de sus meses está cerca de ti; le pusiste límites, de los cuales no pasará. Si tú lo abandonares, él dejará de ser; entre tanto deseará, como el jornalero, su día» (Job 14,5 y sig.).Job experimenta la limitación de su vida. Él había acumulado una gran fortuna y una familia sana. Ahora todo le fue quitado. Él cree que Dios le ha colocado sus límites a toda persona; el límite de cuánto tiempo conservar la vida, el límite de cuánta fuerza hay en él, y lo que puede lograr con ella. La filosofía nos dice que el hombre es un ser del límite. «Está instalado en determinadas situaciones, es decir, situaciones también histórica, cultural y socialmente limitadas, que conforman el marco para su existencia». Así lo formuló cierta vez Heinrich Fries. El horizonte bajo el que vivimos está limitado; también nuestra existencia histórica. Sólo hemos vivenciado estos padres, este lugar y esta tierra en la que crecimos. Tampoco nuestras capacidades son ilimitadas, aunque ansiamos lo infinito. Pero aprendemos que no podemos todo lo que queremos. Nuestros deseos y anhelos van más allá de los límites estrechos entre los que nos colocó Dios. Y lo que logramos siempre es sólo una obra imperfecta. No podemos borrar nuestros límites.

I.—

Quisiéramos vivir, en lo posible, muchos años. Pero, según Fries, «a esta vida se le fijan límites a través de la desgracia, las catástrofes naturales, las amenazas por parte de los hombres, los sufrimientos y la enfermedad del cuerpo y del alma». Una descripción de esta naturaleza no es, por cierto, sólo negativa: también en nuestros límites llegamos a saber quiénes somos. Las experiencias de los límites que nos llevan al límite de nuestra resistencia pueden amenazarnos, pero al mismo tiempo son una oportunidad para el crecimiento personal. Nos invitan a desarrollar nuevas posibilidades de vida. La filosofía existencial ha descripto tales experiencias de límites como un desafío para comportarse de otra manera frente a la propia existencia. Las experiencias de los límites me obligan a preguntarme más allá de mí y de mis posibilidades. Finalmente, me remiten a Dios. Para Job es el mismo Dios quien colocó límites a nuestra vida. Su historia enseña: es humildad decir sí a los límites que Dios me ha determinado. En todo lo que hago experimento este límite. Si escribo, no siempre resulta como lo imaginé en mi fantasía. Si organizo algo en la administración, siempre queda un resto sin resolver. En mis ilusiones no tengo límites. Pero ni bien deseo cristalizar mis ideas choco contra los límites. Puedo rebelarme contra estos límites, pero sólo me golpearé la cabeza.

M.—

El cortometraje «El muro» muestra en imágenes esta experiencia. Allí se muestran dos hombres frente a un muro. Uno de ellos acepta el muro. El otro marcha continuamente contra él. Finalmente, hace un agujero en el muro con su cabeza. Pero este triunfo lo paga con la muerte. El otro atraviesa el agujero libre. Pero ni bien traspasó el muro, de inmediato aparece uno nuevo frente a él. Evidentemente, existen muchos muros, muchos límites que nos estrechan. La cuestión es cómo nos comportamos nosotros frente a nuestros límites. Atravesar la pared con la cabeza es, evidentemente, problemático. La consecuencia puede ser que paguemos eso con la vida -en el sentido metafórico o literal. O podemos aceptar los límites y manejarnos creativamente frente a ellos. Otra posibilidad sería suprimir los límites y simplemente existir. Pero tampoco esto es una buena alternativa, ya que entonces mi vida se torna aburrida y carente de sentido. Debo enfrentar los límites y restregarme contra ellos. A menudo resulta doloroso. Pero también genera una tensión saludable: la tensión entre la aceptación de los límites y el desplazarlos y pasar por encima de ellos. El camino espiritual se maneja de otro modo con los límites que Dios nos ha establecido. Reconozco mis límites y los entiendo como signos de mi creaturidad y finitud. Para San Benito, es un signo de humildad asumir y aceptar su finitud y limitación. En su capítulo sobre la humildad, Benito describe al monje que enfrenta su limitación, aunque le resulta difícil: «Él soporta todo sin cansarse y sin escapar de ello; el texto dice: ‘Quien se mantiene constante hasta el final, será salvado’. Del mismo modo: ‘Sea fuerte tu corazón y soporte al Señor'» (RB 7,36 y sig.). La firmeza es la virtud exigida al monje cuando se siente acorralado por la comunidad, por el abad y por Dios. Al mantenerse firme, crece en los límites. Y permite que los límites lo remitan a su Dios sin límites. Dios está más allá del límite. Él nos permite reconciliamos con nuestros límites.

I.—

Límites de tiempo

Un límite que todos experimentamos actualmente con dolor es el tiempo. Nuestro tiempo es limitado. De niños, podíamos jugar sin someternos al tiempo. No prestábamos atención a la hora. En la actualidad existen citas constantes: «hitos fronterizos» de nuestras posibilidades y obligaciones. El tiempo que tenemos a disposición para el trabajo, para el encuentro, para la lectura, para el juego, está limitado. El ritmo biológico del tiempo nos impone límites naturales. Nos cansamos y llegamos a nuestro límite individual del rendimiento. Algunos quieren engañar al tiempo, apretujando cada vez más, y finalmente demasiado en un lapso determinado de tiempo. Cada minuto debe ser aprovechado. Pero al vivir así, en algún momento seremos incapaces de percibir el tiempo y disfrutar de él. Todos vivenciamos un límite doloroso del tiempo al envejecer. Entonces notamos que algunas cosas ya no funcionan como antes. Muchos pasan por alto sus límites de tiempo. Creen que pueden continuar como hasta ahora. Pero la desatención de sus límites de tiempo se anuncia con frecuencia a través de un colapso físico. En la jubilación, denominada estado pasivo, se nos imponen límites desde afuera, por así decir, a través de un convenio social. Algunos experimentan este cambio de manera positiva y se alegran de la libertad que se les ofrece. Para otros, se trata de un momento crucial y un límite doloroso. Les cuesta aceptar no ser ya consultados en las decisiones, estar sin la agenda que documenta su importancia. De un día para el otro cambia su vida. Manejarse bien con el límite de tiempo de la jubilación es un arte que debe ser aprendido. Precisamente hoy, que la gente llega a edades más avanzadas, sería una importante tarea espiritual aprender este arte.

M.—

Límites del crecimiento

La sociedad vive actualmente con dolor la despedida de la idea de un crecimiento ilimitado. Los científicos del Club de Roma ya nos llamaron la atención hace décadas acerca de los «límites del crecimiento». En 1972 se publicó su famoso «Informe sobre la situación de la humanidad», que lo ha pronosticado. Desde entonces, se ha quebrado la ideología del crecimiento ilimitado. Tampoco la economía puede continuar creciendo continuamente. Todo, tanto la producción como el consumo, choca contra su límite. Los hombres no pueden comer y beber según su voluntad. Las empresas no pueden producir siempre sólo para almacenar existencias. Los mercados están limitados. Tampoco en el ámbito de la administración es posible eludir esta verdad básica, la de que todo hombre choca contra los límites, aunque nuestros deseos y anhelos vayan más allá de ellos. Nuestro anhelo desemboca en una ideología eufórica de crecimiento, que luego es alcanzada por la realidad, o no se fija sólo a los objetivos puramente materiales. En última instancia, nuestro anhelo más profundo sólo se cumple cuando lo orientamos por encima de los límites humanos hacia Dios, que está más allá de todo límite.

I.—

Auténtica sabiduría

Muchos hombres, al igual que Job, chocan dolorosa y existencialmente contra sus límites. Ellos tienen sus propios conceptos de la vida y no quieren aceptar que les son impuestos límites. Por ejemplo, a uno se le ocurrió que indefectiblemente debería estudiar matemática. Si no lo logra, no puede admitir su fracaso. Algunos quieren lograr con toda la fuerza un objetivo fijado por ellos mismos. A menudo se sobreexigen y luego reaccionan con una enfermedad. Se necesita humildad para reconocer los propios límites. Lo contrario de la humildad es la altanería. En ella me identifico con imágenes inmensas, acaso la imagen de un héroe que no le teme a nada, con la imagen del sanador que puede curar cualquier enfermedad, con la imagen del auxiliador que puede ayudar a todos, o con la imagen del cerebro que puede todo lo que quiere. El mito griego nos cuenta en muchas imágenes cómo le va al hombre que no quiere reconocer sus límites. Prometeo es la imagen del hombre que pasa por alto sus límites. Él le roba el fuego a los dioses. Toma algo que no le corresponde al hombre. Como castigo es encadenado a una roca en el Cáucaso. Un águila devora diariamente su hígado, que luego vuelve siempre a crecer. El águila recuerda gráficamente las fantasías de grandeza que lo llevaron a él a su acción, y le señala dolorosamente sus límites. Al igual que Job, podemos refregamos contra los límites que Dios nos ha establecido. Podemos probar si es posible traspasar algo el límite. Quizá lo vimos demasiado estrecho. Pero pertenece a la sabiduría del hombre reconocer que Dios nos ha colocado límites que no podemos traspasar: el límite de nuestras capacidades, el límite de nuestro cuerpo y de nuestro espíritu, y finalmente también, el límite de nuestra vida. Podemos postergar el fin de nuestra vida a través de esfuerzos de la medicina, pero de todas maneras, llegará. Y vivir en presencia de este fin en vez de negarse la propia limitación, es auténtica sabiduría

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