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Límites Sanadores – El peligro del “puré emocional”

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Límites Sanadores – El peligro del “puré emocional”

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Reseña:


NO PERMITIR LA LESIÓN DE LOS PROPIOS LÍMITES
De la presión exterior y del propio centro

Diferenciaciones necesarias
En el acompañamiento escuchamos acerca de las más diversas estrategias para traspasar los límites de una persona. Así el caso de una mujer que cuenta acerca de la estrategia de su novio para generar en ella sentimientos de culpa cuando ella encuentra el valor de delimitarse. Dado que ella es una mujer espiritual, sus
sentimientos de culpa son su talón de Aquiles. Ni bien su novio le adjudica la culpa por las dificultades en la relación, ella no puede defenderse, ya que pretende de sí misma hacer todo correctamente. Ella se pregunta si con amor y paciencia podría contribuir a que la relación sea exitosa. Una estrategia todavía más masiva para disolver el propio límite es la amenaza del suicidio. Cuando su novio amenaza con quitarse la vida, ella no se anima a reconocer el propio límite. Deja que la empujen hacia compromisos que la empequeñecen cada vez más. Es decir, cada uno de nosotros tiene un talón de Aquiles. A través de él, el otro puede ingresar en nosotros, y nosotros no podemos defendemos. Para uno, el talón de Aquiles es el miedo frente a las habladurías de la
gente; para el otro, el propio perfeccionismo o la pretensión de no herir a nadie y no exigir nada de otro.

I.—
Es necesario el don de la diferenciación a fin de reconocer cuál es la verdadera voluntad de Dios, y dónde nos dejamos empujar por los otros hacia cosas que diluyen cada vez más nuestros límites y nos empequeñecen y debilitan siempre más.
Una mujer, tras interrumpir su terapia, recibía una y otra vez los llamados de su terapeuta. Él le prometía que podría curarla, que la rescataría hacia una sexualidad libre si ella dormía con él. Con él, ella sería capaz de amar. Él podría explicarle psicológicamente con precisión que ella estaba atascada y deprimida por la represión de la sexualidad, que sus dificultades sólo estaban fundadas en los antiguos conceptos de la moral de la sexualidad que ella conservaba. La mujer se sintió acorralada por sus llamados. Ella no era soberana y todavía no había encontrado su centro. Aún dependía mucho de lo que el terapeuta le respondiera si ella se negara. La observación de la libertad interior de Jesús podría ayudarla a no dejar que la acorralen, a no tener que justificarse. Entonces estará en condiciones de dar vuelta la tortilla y preguntarle al terapeuta: ¿Para que necesitas tus fantasías de liberación?
¿Por qué te resulta necesario dormir con tus pacientes?». Entonces ella estaría interiormente libre de la presión de justificarse. Y, más bien pondría en un aprieto al terapeuta. El debería descender de su trono terapéutico y aceptar sus propias necesidades.

M.—
NO PERMITIR LA LESIÓN DE LOS PROPIOS LÍMITES
De la presión exterior y del propio centro

Diferenciaciones necesarias
En el acompañamiento escuchamos acerca de las más diversas estrategias para traspasar los límites de una persona. Así el caso de una mujer que cuenta acerca de la estrategia de su novio para generar en ella sentimientos de culpa cuando ella encuentra el valor de delimitarse. Dado que ella es una mujer espiritual, sus
sentimientos de culpa son su talón de Aquiles. Ni bien su novio le adjudica la culpa por las dificultades en la relación, ella no puede defenderse, ya que pretende de sí misma hacer todo correctamente. Ella se pregunta si con amor y paciencia podría contribuir a que la relación sea exitosa. Una estrategia todavía más masiva para disolver el propio límite es la amenaza del suicidio. Cuando su novio amenaza con quitarse la vida, ella no se anima a reconocer el propio límite. Deja que la empujen hacia compromisos que la empequeñecen cada vez más. Es decir, cada uno de nosotros tiene un talón de Aquiles. A través de él, el otro puede ingresar en nosotros, y nosotros no podemos defendemos. Para uno, el talón de Aquiles es el miedo frente a las habladurías de la
gente; para el otro, el propio perfeccionismo o la pretensión de no herir a nadie y no exigir nada de otro.

I.—
Es necesario el don de la diferenciación a fin de reconocer cuál es la verdadera voluntad de Dios, y dónde nos dejamos empujar por los otros hacia cosas que diluyen cada vez más nuestros límites y nos empequeñecen y debilitan siempre más.
Una mujer, tras interrumpir su terapia, recibía una y otra vez los llamados de su terapeuta. Él le prometía que podría curarla, que la rescataría hacia una sexualidad libre si ella dormía con él. Con él, ella sería capaz de amar. Él podría explicarle psicológicamente con precisión que ella estaba atascada y deprimida por la represión de la sexualidad, que sus dificultades sólo estaban fundadas en los antiguos conceptos de la moral de la sexualidad que ella conservaba. La mujer se sintió acorralada por sus llamados. Ella no era soberana y todavía no había encontrado su centro. Aún dependía mucho de lo que el terapeuta le respondiera si ella se negara. La observación de la libertad interior de Jesús podría ayudarla a no dejar que la acorralen, a no tener que justificarse. Entonces estará en condiciones de dar vuelta la tortilla y preguntarle al terapeuta: ¿Para que necesitas tus fantasías de liberación?
¿Por qué te resulta necesario dormir con tus pacientes?». Entonces ella estaría interiormente libre de la presión de justificarse. Y, más bien pondría en un aprieto al terapeuta. El debería descender de su trono terapéutico y aceptar sus propias necesidades.

M.—

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