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Límites Sanadores: Los límites evitan la discusión

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Límites Sanadores: Los límites evitan la discusión

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Del equilibrio entre proximidad y distancia

Muchos matrimonios que se quejan de conflictos permanentes en la relación, no entienden si el terapeuta les dice: «Ustedes están demasiado cerca el uno del otro». Ellos creen, precisamente, que su permanente discusión es más bien manifestación de una gran distancia. Pero para Jellouschek es seguro «que la discusión es precisamente una forma de aferrarse entre sí». Por esta razón, él aconseja a las parejas que creen  suficientes espacios libres, por ejemplo un ambiente propio en la casa o un día «libre» en la semana, que estructuren para sí solos. Ante tal consejo, algunos sienten temor y creen que se trata del primer paso hacia la separación. Pero sólo cuando aseguren sus propios límites, continuarán juntos y en paz por mucho tiempo. No existe una fusión duradera. Expresado en términos bíblicos: el ángel nos prohíbe

definitivamente el acceso al paraíso. En nuestra vida no hay vuelta atrás al paraíso del ser uno ininterrumpido. Vivimos en un ir y venir entre la cercanía y la distancia, entre la unidad y la separación.                             El paraíso de la unidad definitiva nos espera recién cuando en la muerte seamos uno con Dios y con nosotros mismos, y entre sí.

Delimitación interior exterior

Parejas jóvenes que todavía viven en la casa de los padres, sufren a menudo la excesiva cercanía de éstos.                                                                La mujer tiene con frecuencia la sensación de que su esposo se dirige constantemente a la madre para hallar consuelo cuando existen conflictos en la pareja. Es frecuente que los ambientes de la vivienda no estén suficientemente separados entre sí.                                                Un desencadenante habitual de las dificultades: la suegra aparece sin aviso en la casa, como si fuera la suya. Si bien es cómodo que la suegra cuide de los hijos y le otorgue así tiempo libre a los jóvenes padres, si ella crítica permanentemente el estilo de educación, ya está programado un conflicto duradero.

I.—                                                                                                                          Los conceptos dispares respecto a lo que es bueno para los niños forman parte de estos ámbitos problemáticos. Se puede tornar difícil cuando a pesar de que a la nuera le molesta que la abuelita les dé golosinas a los niños, no pueda ponerle un límite ni aclararle a la suegra sin confusión alguna que ella, como madre, quiere ejercer su responsabilidad en la educación. En esos casos, el clima se contamina cada vez más. Entonces no sólo son necesarias separaciones exteriores, sino también una clara delimitación interior. De lo contrario, la familia no podrá desarrollarse nunca. Esta nuera necesita, al igual que Abraham y Lot, su propio

territorio, para que la joven familia crezca unida y pueda resolver sus conflictos por sí misma.

La línea divisoria interior es, muchas veces, más difícil que la exterior. Un matrimonio joven gira una y otra vez en torno de lo que los padres o los suegros dijeron acerca de ellos y sus hijos, o qué piensan al respecto. Y cuando visitan a los padres, muchas

veces se sienten de inmediato controlados, observados y presionados a determinadas conductas. En una situación tal es importante establecer una delimitación interior. La madre y el padre pueden pensar lo que piensan. Pueden exteriorizar sus deseos y,

naturalmente, también tener su opinión. No debo irritarme por ello. Es cosa de ellos.

M.—

Si trazo claramente el límite entre los padres y yo, podré llevarme bien con ellos. No sentiré que recortan constantemente mi libertad. Yo decidiré cuándo quiero cumplir  sus deseos y cuándo no. Y no estaré bajo la presión de tener que convencerlos de que mi opinión es correcta. Habré establecido mis límites y respetaré la limitación de su modo de observar e interpretar el mundo.

Cuando deseamos pasar mucho tiempo juntos y realizar todo en conjunto, es frecuente que surja un clima de agresividad como entre los pastores de Abraham y Lot. Si en cambio, tal como en una comunidad conventual, damos gran importancia

al ideal cristiano de comunidad, frecuentemente pasamos por alto que la agresividad es algo humano y normal, y que justamente la estrechez problemática grita para crear más espacio libre. Y en vez de permitir una distancia saludable, apelamos al amor al prójimo: deberíamos toleramos y respetarnos los unos a los otros. Pero los

llamamientos morales no tienen éxito si no se toman con seriedad las condiciones exteriores bajo las cuales se hace posible una buena convivencia. Por el contrario, la continua exhortación de amarse y entenderse más los unos a los otros, genera más

agresividad o un repliegue interno. Sería mucho más útil un análisis objetivo de por qué es tan difícil la convivencia. Un análisis de esta naturaleza seguramente daría por resultado que la relación entre cercanía y distancia no está equilibrada.

I.—

CAPÌTULO (2)

 

TRANSGRESIÓN DE LOS LÍMITES

De abusos y acaparamientos

Respetar al otro

La antigua historia de Lot y Abraham también es instructiva para nosotros, actuales, en su continuación y en otro aspecto: Lot se había establecido en Sodoma. Sodoma y Gomorra son ciudades en las que reina un espíritu maligno. Dos ángeles de Dios visitan a Lot en la ciudad de Sodoma para verificar si las personas allí son realmente tan malas. Lot los acoge amablemente en su hogar. «Pero antes que se acostasen, rodearon la casa los hombres de la ciudad, los varones de Sodoma, todo el pueblo junto, desde el más joven hasta el más viejo. Y llamaron a Lot, y le dijeron: ¿Dónde están los varones que vinieron a ti esta noche? Sácalos, para que los conozcamos». (Gn 19,4y sig.) Lot trata de impedir esta maldad de los hombres. Pero ellos lo sorprenden y se disponen a abrir con violencia la puerta. Sin embargo, ambos ángeles hieren a los hombres con la ceguera, de manera que no hallarán la entrada.      Los hombres de Sodoma claramente violan aquí los límites de otras personas. Ellos quieren tener contacto sexual con los hombres extranjeros y de ese modo lesionan su derecho de hospitalidad, que en la antigüedad era por igual sagrado para Judíos y griegos. Ellos no respetan los límites que el derecho a la hospitalidad ha trazado en torno a cada extranjero. El extranjero era inviolable. En el extranjero venía hacia uno algo numinoso, algo divino. En nuestro relato, son ángeles los que llegan a Lot en ambos hombres. Pero los hombres de Sodoma quieren utilizados para sí. Ellos no tienen sensibilidad para con el extranjero al que no tenían acceso. Ellos desean satisfacer su avidez. Aquí se trata de una violación extrema de los límites. Tal explotación es, a menudo, más sutil. En este caso simplemente se adueñan de los extranjeros. Sólo si se comportan como nosotros serán aceptados. Pero lo extraño, lo inexplicable, lo numinoso que está más allá de nosotros, no es respetado. Durante el «Tercer Reich» la «camaradería» era una forma astuta de acaparar a la gente y robarle su individualidad.

M.—

En la actualidad, continuamente leemos en los medios acerca de transgresores de límites similares. Existen personas que no respetan la dignidad del niño, sino que lo explotan sexualmente.                              Su avidez las enceguece frente a la dignidad del niño. También el hombre que viola a una mujer perdió toda noción de los límites. Pero no existen sólo casos extremos de violación y abuso sexual. Existen muchas maneras más sutiles de transgresión de los límites, por ejemplo cuando alguien se nos acerca demasiado en una conversación. Cada uno percibe sus límites, pero el transgresor los excede. Él parte únicamente de sí mismo y de su necesidad.                            Es incapaz de ubicarse en la necesidad del otro. Existen hombres que tienen que toquetear a todas las mujeres y que, al pedirles explicaciones, dicen que simplemente no son tan pudorosos como es habitual en nuestra sociedad, y que sólo desean ser afectuosos y regalar cercanía en forma desinteresada. Pero detrás de estos fundamentos se esconden sólo intenciones egoístas y necesidades propias no reconocidas. En la conversación terapéutica o de ayuda espiritual notamos, como ya dijéramos al comienzo, cómo a veces los pacientes transgreden sus límites en esta situación tan particular. Después de haber contado acerca de sí mismos, cambian de pronto su papel y se creen terapeutas. Entonces, plenos de compasión, constatan repentinamente que al terapeuta se lo ve mal ese día y le preguntan acerca de sus preocupaciones. Este necesita la distancia terapéutica para poder ayudar al paciente. Aunque algunos pacientes no desean reconocer este límite.

I.—

Con el pretexto del asistente

Naturalmente, también existe el riesgo de que el terapeuta o el asistente espiritual lesionen los límites. Siempre está dado cuando ellos se identifican con una imagen arquetípica. C. G. Jung denomina inflación a esta identificación. Uno se jacta y se ciega frente a los límites del otro. Si, por ejemplo, durante el asesoramiento, una mujer se queja de que no tiene a nadie que la abrace, sería terrible que el asistente espiritual se identificara con el arquetipo del auxiliador. Con el pretexto del auxiliador, él abrazaría a la mujer y no notaría que está actuando su propia necesidad de cercanía tierna. Esto no significa que no debamos mostrar cercanía cuando es adecuado. Pero es necesaria una sensibilidad fina para detectar qué le hace bien al otro. Quien se identifique con la imagen del auxiliador, perderá la percepción del otro; estará presionado por su imagen interior a sobrecargar al otro con su cercanía. No está consciente de sus propias necesidades. Cree que estaría abrazando al otro porque lo necesita, cuando en realidad, lo necesita él mismo. Pero no reconoce sus propias necesidades. Todo terapeuta y toda asistente espiritual tienen necesidades de cercanía. El arte y la disciplina del acompañamiento consisten en concientizar estas necesidades y, al mismo tiempo, distanciarse de ellas. Igualmente peligroso en el acompañamiento es el arquetipo del sanador. Del acompañamiento debe partir sanación; en efecto, muchas veces también se produce una verdadera sanación. Pero si el acompañante se identifica con el arquetipo del sanador, se excede. Ignora los propios límites. Atrae a las personas enfermas y lo adjudica a su carisma sanador.

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