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Mi pasión, mi misión

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Mi pasión, mi misión

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El señor Séguin nunca tuvo suerte con sus cabras.

Las perdía todas de la misma manera:

una bonita mañana rompían la cuerda,

se iban al monte

y allí se las comía el lobo.

Nada las retenía:

ni las caricias de su amo ni el miedo al lobo.

Eran, por lo visto, cabras independientes,

que deseaban a cualquier precio

espacios abiertos y libertad.

(Alphonse Daudet)

¿Qué es una pasión?

Los orientadores utilizan mucho los tests de orientación para descubrir los talentos y las aptitudes de los individuos.

Aunque esos tests producen resultados interesantes, no permiten

revelar plenamente la misión personal. El índice más revelador de la orientación de una persona resultar ser su pasión.

¿Cómo definir la pasión? Según el diccionario Petit Robert, es «una viva inclinación hacia un objetivo perseguido, al que la persona se aplica con todas sus fuerzas».

Es, por tanto, más que una tendencia, un interés o una propensión.

Se distingue por su fuerte intensidad emotiva. Sus efectos sobre el apasionado son numerosos: le da una sensación de vivir en plenitud, hasta sentirse desbordado de energía. Produce en él un estado de excitación sumamente intensa. Lo impulsa a concentrar todos sus esfuerzos en el objeto de su adhesión. Lo lleva a olvidar la rutina cotidiana, sus preocupaciones, sus relaciones humanas y hasta sus necesidades biológicas más elementales.

Yo experimenté un día una sensación de este tipo: iba conduciendo mi coche, absorto en la elaboración del plan de un futuro libro. Sin darme cuenta, había apretado el acelerador y volaba a lo loco, a mucha mayor velocidad que la permitida. Los poetas, bajo el dominio de sus musas inspiradoras, conocen bien esta efervescencia. Karl Jung, por su parte, hablaba de su daimon, una especie de genio interior que lo mantenía sujeto mientras no terminaba su obra.

El enamorado es un ejemplo típico de apasionado. A veces está tan intensamente prendido por el objeto de su pasión que se olvida de cumplir sus responsabilidades y llega incluso a perder el sentido de la orientación. Vive únicamente para el objeto de su amor. Los griegos de la antigüedad decían de los enamorados que estaban atravesados por una corriente de amor divino, como eran los dioses y las diosas, Marte y Afrodita. Por el contrario, algunos psicólogos

contemporáneos se muestran poco románticos cuando asemejan la pasión amorosa a una codependencia o a efectos parecidos a la droga y a la embriaguez que de ella se sigue. A mi parecer, con ese enfoque desacreditan la pasión amorosa.

I.—

Joseph Campbell animaba a sus estudiantes que se sentían

inquietos por su porvenir a perseguir el objetivo que les exaltara, es decir, la pasión de su vida. Les decía: Seguid vuestro gozo pleno. Si lo hacéis, os encontraréis siguiendo el camino que ha estado siempre allí, en el fondo de vuestro ser. Y la vida que estáis llamados a vivir es la que vivís en esos momentos. Sea cual sea

vuestra situación, si seguís vuestra pasión, gozaréis de una

renovación de vuestro ser y de una vida exaltante». En efecto, quien sigue su pasión no podrá llevar al fracaso su vida. Por el contrario, quien la rechaza se expone a hundirse en el aburrimiento. Por ejemplo, los candidatos al doctorado que, por desgracia, no escogen un tema de investigación que les apasione corren muy frecuentemente el riesgo de desanimarse muy pronto y de no llevar a cabo su proyecto.

Las metapasiones

Dentro de todo impulso pasional se ocultan estados de alma

o pasiones más sutiles, que yo llamaría metapasiones. Corresponden a las aspiraciones del alma. Así, el que tiene la

pasión por la pintura posee seguramente las metapasiones de la belleza y de la creatividad; el que tiene la pasión por el ciclismo, la metapasión de la superación de sí mismo; el apasionado por los viajes exóticos, la metapasión de conocer culturas diferentes, el apasionado por colaborar con el extranjero, la metapasión del amor incondicional. Sea cual fuere la actividad que uno aprecia, esa actividad disimula una u otra de las aspiraciones espirituales de su alma.

M.—

Pasión y patología

Me gustaría llamar la atención sobre lo que distingue pasión y patología. Las dos palabras tienen una raíz común, pathos, que en primer lugar quiere decir «sufrimiento». Por otra parte, el término pasión designa un impulso vital y sano, mientras que el término patología designa una enfermedad física o mental. El primero indica un impulso de crecimiento; el segundo, una desviación. Por tanto, es importante evitar confundir estas dos realidades.

He aquí algunos ejemplos de patologías que se consideran equivocadamente como casos de pasión. Algunos pedófilos escogen trabajar en la educación de los niños para satisfacer su inclinación desordenada; algunas personas que han conocido la pobreza en su infancia desarrollan una necesidad enfermiza de ganar dinero; algunos afectados de paranoia buscan puestos de dirección con la única finalidad de dominar a los demás. Esas personas siguen su patología, no su pasión. Una elección de vida motivada por un deseo de calmar desajustes neuróticos conduce necesariamente a un callejón sin salida.

Por el contrario, sucede en ocasiones que una tendencia turbia oculta una aspiración espiritual que, por diversos motivos, se ha visto desviada. Ciertas patologías son una desviación de una tendencia espiritual. Pienso aquí en el personaje de la película Morir en Venecia, un hombre de edad madura que se enamora de un adolescente. Aun sin conocerlo, se enamora de aquel joven que simboliza para él la belleza, la juventud y un cierto hermafroditismo. Lo que realmente le atrae es la irradiación de su propia alma que él

proyecta en aquel muchacho: una belleza asexuada, una eterna juventud y un aire angelical.

I.—

CAPITULO 10

Las llamadas del universo

En mi conciencia, muy lejos de la superficie,

empezaba a abrirse camino

otra concepción de la libertad.

Era la libertad de seguir mi proyecto de vida

con todos los empeños que pudiera poner en juego.

Simultáneamente,

yo dejaba a las fuerzas creadoras de la vida

que me invadieran sin ningún control por mi parte,

sin hacer esfuerzos para que «la cosa marchara».

Como me lo enseñaría el correr de los años,

es ésta una manera de funcionar mucho más poderosa

que empeñarse en controlarlo todo.

(Joseph Jaworski)

A propósito de todo acto de iniciativa y de creación, es preciso saber una verdad elemental: que en el momento en que uno se compromete con convicción, la Providencia se pone de su parte.

(Johann Wolfang Goethe)

Hasta ahora hemos insistido en la búsqueda y en el descubrimiento

de la misión propia situándonos en la perspectiva de la persona que intenta descubrir su misión. Nos toca ahora considerar la misión teniendo en cuenta la participación del Universo.

En efecto, existe una correspondencia misteriosa entre las aspiraciones del alma y las llamadas del universo. Algunos han descubierto su misión siendo testigos de una situación de carencia: pobreza extrema, educación deficiente, callejón sin salida en las relaciones, necesidad flagrante de afecto, situación de crisis, etc. Conmovidos y desconcertados al principio, se pusieron luego a remediar esas carencias.

A otros, se les impuso su misión cuando tomaron conciencia de las posibilidades que se les ofrecían: una invitación inesperada a superarse, un ascenso que no esperaban, la idea de un invento que resultaba útil, la ocasión de realizar un buen negocio, una conversación imprevista que les abrió nuevos horizontes, la oferta de un empleo seductor, etc.

M.—

Desarrollaremos aquí tres reflexiones sobre las llamadas del universo: nos interesaremos primero por las imágenes optimistas y pesimistas que tenemos del mundo; en segundo lugar, nos preguntaremos en qué medida somos conscientes del fenómeno de la sincronicidad; finalmente, nos interrogaremos sobre la pertinencia de los mensajes proféticos de nuestros prójimos sobre nuestra misión.

Mirada sobre el universo: ¿optimista o pesimista?

La metáfora es quizás el recurso más eficaz del hombre.

Su virtualidad tiene algo de magia:

es un procedimiento de creación

que Dios parece haber olvidado en la criatura,

cuando la hizo.

(José Ortega y Gasset)

Nuestra visión del universo tiene efectos favorables o desfavorables

sobre el descubrimiento de nuestra misión.

¿Cómo explicar que algunos vean y capten todas las oportunidades de éxito que les ofrece la vida mientras que otros no perciban ninguna? La realidad es rica en posibilidades; abunda en ocasiones de realizar cosas y de realizarse uno mismo sin más. El problema no está tanto en si la vida ofrece o no la oportunidad de tener éxito y realizarse, sino en saber si uno está dispuesto a responder a sus invitaciones.

Es cada vez más evidente que la conducta de una persona depende de la concepción que se haga del mundo. Si lo ve como una realidad amiga y llena de recursos, no temerá actuar con audacia. Si, por el contrario, lo ve como algo hostil y amenazador, tenderá a evitar asumir riesgos y a retirarse.

El papel importante de las metáforas

en el filtrado que hacemos de las percepciones

Los lingüistas subrayan la importancia de las metáforas en la representación de lo real. Lejos de ser simples figuras de estilo, condicionan nuestra percepción y nuestra interpretación del mundo, influyendo así en nuestro comportamiento.

Un examen atento de las metáforas que utiliza una persona revela si percibe el universo como amigo o como enemigo.

Por ejemplo, la metáfora «la vida es un jardín que cultivar» sugiere una actitud optimista y entusiasta ante la vida. Al contrario, «la vida es un terreno sembrado de trampas» suscita la desconfianza y paraliza toda iniciativa arriesgada.

I.—

He aquí otros ejemplos de reacciones emotivas suscitadas por dos series de metáforas opuestas. Afirmar: «la vida es un juego», basta con danzar al ritmo de la realidad», «el mundo es un ramillete de flores variadas», «todas las personas son colaboradores en potencia», «el mundo rezuma recursos que sólo piden que los explotemos», «el éxito comienza por un sueño»; todo estas afirmaciones suscitarán en la persona un nuevo impulso de entusiasmo, las ganas de atreverse, el deseo de aprovechar las ocasiones que se vayan presentando. Al contrario, si uno dice: «el mundo es un mar agitado», «el universo es un terreno pantanoso»,

«los hombres son como lobos», «el mundo es un volcán siempre dispuesto a explotar», «he nacido para llevar la vida a rastras», «la vida es un tren que pasa demasiado aprisa para poder subirse a él», no tendrá más remedio que sentir malestar, miedo a la aventura y necesidad de protegerse.

Las metáforas que se emplean para describir la vida, el mundo, el universo, son otros tantos filtros que colorean la realidad para lo mejor y para lo peor. La aumentan o la recortan; son portadoras de oportunidades o de peligros; suscitan la audacia o el miedo.

La transformación de las metáforas

¿Te sorprendes utilizando metáforas restrictivas y constrictivas?

Tu situación no es desesperada. Siempre tienes la posibilidad de modificar las metáforas en provecho propio; no son inmutables. Son el resultado de experiencias penosas que tendemos a generalizar y que hemos convertido en absolutos. Así, como consecuencia de fracasos repetidos en sus estudios, uno de mis clientes afirmaba convencido: «Estudiar es una montaña infranqueable, una roca contra la que estoy condenado a romperme la cabeza». Le hice comprender, en primer lugar, que esas metáforas no expresaban toda su experiencia, que los estudios también podían compararse

con «una montaña que reserva gozosas sorpresas en su escalada», y que todo aprendizaje es «una de las aventuras o desafíos más interesantes». Le hice subir mentalmente la montaña y él me fue describiendo, paso a paso, su escalada y los muchos y gozosos descubrimientos que iba haciendo.

Poco después, me confiaba que los estudios le resultaban más fáciles y que, por primera vez, había leído un libro entero.

: Pasión y patología

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