Protección contra la sobreexigencia

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Reseña:


El Eclesiastés fue un maestro de la sabiduría que vinculó la sabiduría de los judíos y de los griegos. Observó a los hombres en su comportamiento y debió reconocer que: «El hombre no conoce su límite». Lo que el maestro de la sabiduría expresa de manera muy general sobre el hombre, se aplica en la actualidad principalmente para los niños. Muchos padres tienen hoy en día problemas para colocarles límites a sus hijos. Por esta razón, muchos niños crecen sin límites. Ellos no saben dónde está el límite que no deben traspasar. El pedagogo hamburgués Jan-Uwe Rogge invitó a los padres -con mucho humor pero también con energía- en su libro (Los niños necesitan límites), a fijar límites claros a sus hijos. De lo contrario, no tienen por qué quejarse de que sus hijos les pisen la cabeza. «Fijar límites significa apreciar mutuamente la personalidad y respetarse».                                                                                        A muchos padres les cuesta fijarles límites a sus hijos, ya que quieren lo mejor para ellos. A menudo, ellos mismos sufren porque sus padres les establecieron límites muy estrechos, que enseguida estaban relacionados con castigos y amenazas de castigos.                                 Ellos quieren ahorrarles a sus hijos esto. Por temor a exponer a sus hijos a las mismas experiencias que ellos atravesaron, apenas les imponen límites. Pero de esa manera no se hacen un favor ni a sí mismos ni a los hijos, ya que los hijos no pueden chocar contra los límites ausentes. La fricción produce calor. Establecer límites es, por lo tanto, un signo de amor. Una educación que no establece límites no es percibida por los niños como libertad y amor, sino como indiferencia y «no estar a resguardo» (Christa Meves).                              Esto sobreexige a los hijos y los torna agresivos. Consecuencia en la educación Los niños a quienes no se les establecen límites se ven obligados a ser cada vez más llamativos para sentir, finalmente, los límites de los padres.

I.—

Rogge considera que: «La firmeza establece límites. Donde faltan, reina la inseguridad, los niños comienzan a probar los límites para experimentar hasta dónde pueden llegar». Los padres que no fijan límites son tiranizados por sus hijos.

En algún momento los padres «explotan». Esto torna aún más inseguros a los niños. No ofrece claridad. Los niños no se sienten tomados en serio. Algunos padres tratan de fijar límites, pero no son consecuentes en su accionar y permiten que los niños los manipulen. Los niños tienen una buena percepción acerca de cómo «manejar» a sus padres. Unos dominan a sus padres al inocularles remordimientos; otros, al amenazarlos con causarse algo o reprocharles que de todos modos no son queridos. Quien establece límites, debe ser consecuente en ellos. De lo contrario, los hijos siempre esquivarán los límites. Rogge hace especial referencia a este punto: «Quien ignora las constantes transgresiones de los límites por parte del hijo y se comporta frente a éstos de manera indiferente, no sólo contribuye a incrementar la actividad y actitudes destructivas, sino que también impide la formación de un sentimiento de auto estima, obstaculiza el sentimiento de mutuo respeto y mutua consideración». A muchos padres les resulta difícil fijar límites porque no quieren parecer anticuados. Los hijos también saben exactamente cómo transmitir a sus padres un remordimiento. Dicen: Todos pueden hacerla. Todos tienen esto. Sólo ustedes son anticuados y cerrados, que no me lo permiten». Entonces son necesarias una claridad interior y una seguridad para delimitarse frente a tales intentos de manipulación.

 Otros padres no fijan límites porque temen la discusión.                                     Por supuesto: quien establece límites, se expone a la crítica de los hijos, y ésta a menudo es muy dura. Los niños han experimentado suficientes estrategias en los medios acerca de cómo acosar a los padres que fijan límites.

M.—

Cuando cierta vez mi hermana le puso un límite a su hijo de 13 años, él refunfuñó y le reprochó lo anticuada que era. Pero después de un par de semanas opinó que: «Al menos ustedes se preocupan por mí. Los otros padres permiten todo para tener paz». El hijo notó que el establecimiento de límites no se producía como rechazo o por mal humor, sino porque la madre lo tomaba en serio. Ella se animaba a la discusión con él porque le importaba. Él respetaba eso, aunque, naturalmente, en principio había intentado eliminar los límites al tratar de provocar remordimientos en mi hermana. La especialista en psicología del desarrollo nos dice: Principalmente es el padre el que fija los límites. Pero muchos padres se resisten a esta tarea. Ellos prefieren ser los padres comprensivos y no aparecer como autoritarios. Pero si ceden a su rol de padres, los hijos no hallarán nunca su propia identidad. Ellos no saben de dónde sostenerse. Es un hecho probado que los hijos sin padre muchas veces se vuelven criminales porque nunca experimentaron dónde están sus límites, y porque nunca fueron exhortados a respetar los límites impuestos.

 El psiquiatra Horst Petri, quien escribió un libro sobre la «ausencia del padre», resume los resultados de los proyectos de investigación empírica y constata, ante todo en los jóvenes que no tenían padre, una «marcada tendencia a lesiones regulares, transgresiones de límites y comportamiento agresivo, que bajo las correspondientes condiciones desfavorables del entorno, en muchas oportunidades pueden desembocar en abandono y criminalidad». Según Petri, los muchachos padecen la ausencia del padre más que las chicas.                    El padre es importante especialmente para la formación de conciencia y para «el aprendizaje de normas sociales y estándares de conducta». Si el padre no cumple su tarea, se corre el riesgo de que los jóvenes nunca aprendan a respetar los límites.                                    Ellos creen, entonces, que el mundo se rige en función de ellos. Con esta postura ficticia de la realidad fracasan a menudo ni bien aparecen las primeras dificultades en la vida que les señalan sus límites.

I.—

Qué desean verdaderamente los hijos

Los padres no les hacen un favor a sus hijos si únicamente son comprensivos y sólo discuten sobre su conducta llamativa. Los hijos sólo tienen palabras despreciativas frente a estas «tonterías».                                   Ellos perciben exactamente que los padres son demasiado temerosos para animarse a discutir con ellos.                                                    Entonces dicen: «Tú me enervas».                                                                       Los hijos no sólo necesitan, también desean padres que les digan claramente lo que quieren. Una vez aclarado esto, pueden luchar contra ellos. Pero a muchos padres los atemoriza esta idea. Quieren mostrar únicamente comprensión y, en última instancia, sentir la comprensión de los hijos, en lugar de tomar con seriedad su rol de padre o madre. Jan-Uwe Rogge cuenta un ejemplo de ello. Está en la casa de una mujer que se queja acerca de su hijo que no se atiene a nada. Pero ante la pregunta, a qué debe atenerse concretamente, se evidencia que ella no impone límites claros.                        Ella simplemente presupone que él debería saber qué debe hacer. Luego, provoca cada vez más al hijo. Cuando la madre conversa con el pedagogo, aparece repentinamente el hijo y dice que tiene sed. Ella dice que se sirva el jugo que quiera de la heladera.                             Él toma el jugo de naranja. Pero luego vuelve a aparecer porque le resulta muy frío. Cuando la madre lo manda nuevamente a servirse lo que quiera, él regresa al poco tiempo llorando. Se le cayó la botella al piso y se rompió. Cuando Jan- Uwe Rogge conversa con él surge que el niño sabe con precisión cómo lograr que su madre estalle. Y realmente disfruta del ritual. Cuando su madre no sabe qué más hacer, le pega. Pero luego le da tanta pena que en ese momento él puede obtener cualquier cosa de ella. Cuando Rogge le pregunta cuál debería ser la reacción de su madre, él opina que: Cuando hago estupideces, debería decirlo. Y a continuación le explica al pedagogo por qué provocó en esa forma a la madre: «Quería ver hasta dónde llegaba». Y al mismo tiempo reconoce: «Contigo no puedo hacerla, me parece que no. Pero lo intentaría». Este relato muestra claramente que los hijos anhelan que los padres les digan claramente lo que quieren. Si siempre se limitan a hablar y mostrar comprensión, esto sobre exige a los hijos. Los padres le hablan, en última instancia, a su propio yo infantil, pero no a sus hijos. Los hijos quieren límites para experimentarse en el roce con éstos y asegurarse a sus padres. Esto exige la disposición de los padres a enfrentar la discusión y, en caso de conflicto, permitir que se los designe como «anticuados» y «absolutamente tontos».

M.—                          

CAPÍTULO (6)

LA LIMITACIÓN PUEDE SER SANADORA

De la agresión y la distancia saludables Un rechazo saludable También con relación a nuestro tema existen descubrimientos sorprendentes en la visión de la persona de Jesús. El evangelista Marcos nos describe a Jesús como el sanador a quien se dirigen muchos enfermos para ser sanados por él. Sin embargo, cuando una mujer griega se acerca a él y le pide que sane a su hija enferma, Jesús no se muestra muy dispuesto a ayudar.  Por el contrario, él se limita y sostiene frente a la mujer un espejo para que observe su propia conducta. Mediante los textos bíblicos experimentamos una y otra vez que muchas mujeres están molestas por el comportamiento de Jesús. Recordemos la escena: Jesús se había retirado con sus discípulos al territorio de Tiro a fin de tener tiempo suficiente para la instrucción y no ser molestado por los disturbios políticos en Galilea. Se podría decir que él se dirigió al extranjero y se retrajo en la clausura para estar solo con sus discípulos. Sin embargo, una mujer griega llega a él y cae a sus pies. Podemos Imaginamos cómo rodeaba los pies de Jesús con sus brazos. Ella le ruega que sane a su hija poseída por el demonio. Pero Jesús pone un límite. Él no accede de inmediato a la solicitud, sino que le muestra por qué su hija ha enfermado. Él le aclara a la madre que su hija no está satisfecha porque ella estuvo demasiado preocupada por sus propias necesidades. Para algunos lectores de la Biblia, el brusco rechazo de Jesús frente al pedido de ayuda de la mujer suplicante, choca o irrita. Ellos tienen ante sí la imagen de Jesús dispuesto a ayudar en todo momento, y les resulta difícil comprender está clara delimitación de Jesús.

Ellos viven la delimitación como un rechazo. Pero el relato muestra lo contrario: precisamente a través de la delimitación se convierte en un encuentro sanador.

I.—

Madres e hijas

Cuando Jesús se delimita frente a la mujer suplicante, le permite a ella establecer un límite frente a su propia hija. La relación entre madre e hija sólo resulta si ambas pueden delimitarse bien entre sí. Naturalmente, esto no significa una delimitación absoluta. La hija necesita también a la madre para desarrollar su propia identidad como mujer a través del encuentro con su madre. Pero mientras los límites se diluyan, la hija no podrá hallar su propia identidad. La falta de claridad es como un demonio que se posa sobre ella. Ella ya no puede entenderse consigo misma. Y tampoco la madre sabe cómo tratar a la hija. Ella piensa, por su parte, que su hija está poseída por el demonio. En realidad, sólo a causa de la falta de límites se produce el conflicto entre madre e hija. La psicoterapeuta Thea Bauriedl denomina «relación sin límites» a la relación simbiótica entre la madre y la hija. Cuando la relación entre la madre y la hija no conoce límites claros, la hija no sabe dónde está parada. Ella pierde la relación con sus propios sentimientos y hace suyos los sentimientos de la madre. Ella no puede decir qué siente ella misma. Algunas hijas reaccionan frente a esta ausencia de límites cerrándose absolutamente frente a la madre. Se separan tanto de la madre que esto lastima a su madre. La madre, a su vez, se siente desamparada frente a la hija. No puede acercarse a ella. Y, sin embargo, se ocupa constantemente de ella. Thea Bauriedl habla de un vínculo doble con referencia a la relación sin límites. La hija quisiera amar a la madre, pero al mismo tiempo piensa que la madre tiene temor frente a ese amor. Entonces suprime este sentimiento. Este vínculo doble la torna incapaz frente a las relaciones claras. Ella se siente atraída por las personas, desea su amor, pero al mismo tiempo lo suprime por temor de acercarse excesivamente al otro y que los demás no deseen este amor.

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