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Reseña:
El darse cuenta que nace del ego, o sea, el darse cuenta del juicio y de la evaluación, siempre crea dualidad: el conflicto de los opuestos, lo que es contra lo que debería ser. En ese darse cuenta hay juicio, hay miedo, hay evaluación, condena, identificación; no es más que el darse cuenta del yo, del ego con sus tradiciones, recuerdos, etc. Semejante darse cuenta siempre crea conflicto entre el observador y lo observado, entre lo que soy y lo que debería ser. Y bien, ¿es posible darse cuenta sin condena, juicio o evaluación? ¿Es posible mirarse uno mismo, cualesquiera que sean sus pensamientos, y no condenarlos, juzgarlos o valorarlos? No sé si lo han intentado alguna vez. Es bastante difícil, porque toda nuestra preparación, desde la infancia, nos lleva a condenar o a aprobar. Y en la acción de aprobar o condenar hay frustración, hay miedo, hay dolor, ansiedad, que es el movimiento mismo del yo, del ego.
Así pues, sabiendo todo esto, ¿puede la mente, sin esfuerzo sin tratar de no condenar ―porque en el momento en que dice «no debo condenar» ya está atrapada en la condena―, puede la mente darse cuenta sin juzgar? ¿Puede limitarse a mirar con desapego, y a observar así sus propios pensamientos y emociones en el espejo de las relaciones: relación con las cosas, con las personas y con las ideas? Dicha observación silenciosa no produce una actitud distante o un frío intelectualismo, todo lo contrario. Para comprender algo, es evidente que no puede haber comparación, eso es así de simple. Pero creemos que la comprensión viene de la comparación, así que multiplicamos las comparaciones. Nuestra educación se basa en la comparación y toda nuestra estructura moral y religiosa consiste en comparar y condenar.
De modo que el darse cuenta del que hablo es el darse cuenta de todo el mecanismo de la condena y ponerle fin. En ello hay observación sin juicio, lo cual es extremadamente difícil. Implica el cese, el fin de todo movimiento de nombrar. Cuando me doy cuenta de que soy codicioso, acaparador, iracundo, apasionado, o lo que sea, ¿no es posible observarlo sin más, darse cuenta de ello sin condenar? Lo cual significa poner fin al acto mismo de nombrar el sentimiento. Porque en el momento en que le doy un nombre, corno «codicia» por ejemplo, ese mismo acto de nombrar es condenar. Para nosotros, en el nivel neuronal, la palabra «codicia» ya es una condena. Liberar a la mente de toda condena significa poner fin al acto de nombrar. Después de todo, ese acto de nombrar es la actividad del pensador. Es el pensador el que se separa del pensamiento, lo cual es un mecanismo totalmente artificial, e irreal. No hay pensador, solo existe el pensar, solo existe un estado de experimentar, no la entidad que tiene la experiencia.
Así pues, el hecho de darse cuenta, la observación, es el acto de la meditación. Es, si puedo expresarlo en otros términos, la disponibilidad de invitar al pensamiento. Para la mayoría de nosotros, los pensamientos vienen sin ser invitados, uno tras otro; el pensar no termina, la mente es esclava de cada pensamiento que acude. Si se da cuenta de ello, entonces verá que puede haber una invitación del pensamiento, invitar al pensamiento y seguir cada pensamiento que surge. Para la mayoría, el pensamiento viene sin ser invitado; aparece de cualquier forma. Comprender este movimiento, para luego invitar al pensamiento y perseguir cada pensamiento hasta su mismo final, es el movimiento que he descrito como darse cuenta. El nombrar no entra en ello en absoluto. Entonces verá que la mente se vuelve extremadamente silenciosa, no por fatiga, disciplina, o como resultado de alguna forma de tortura y control. Al darse cuenta de sus propias actividades, la mente se vuelve sumamente silenciosa, estática.




