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Reseña:
El tema de la muerte, que estamos considerando, debemos encararlo con un gran espíritu de sensatez e investigación científica. El complejo humano del temor halla su punto de entrada en la conciencia del hombre mediante el acto de morir; el temor básico es no sobrevivir; sin embargo constituye el fenómeno más común que ocurre en el planeta. Recuerden esto. El acto de morir es el gran ritual universal que rige toda nuestra vida planetaria, pero este temor sólo existe en la familia humana y apenas muy tenuemente en el reino animal. Si pudieran ver el mundo etérico como lo experimentan y ven Quienes se hallan en el aspecto interno de la vida, lo observarían (continuamente y sin pausa) como el gran acto planetario de restitución. Verían una gran actividad dentro del mundo etérico,dondeelánimamundi,elalmaanimalyelalmahumanaconstantementerestituyenlasustanciadetodaslasformasfísicasalagranreservadesustanciaesencial.Estasustanciaesencialesunaunidadtanvitalydirigidacomoloeselalmadelmundo,delaquetantosehabla.Estainteraccióndelprincipiovidaproducelaactividadbásicadelacreación.LafuerzaimpulsoraydirectrizeslamentedeDios,delLogosplanetario,amedidaquedesarrollaSuspropósitosdivinos,llevandoConsigoenesteprocesotodoslosmediosatravésdeloscualesSemanifiesta.
El temor humano a la muerte se debe principalmente a que la orientación del reino de las almas, el quinto reino de la naturaleza, ha sido (hasta relativamente tarde en el ciclo mundial) dirigida a la expresión de la forma y la necesidad de pasar las experiencias a través de la materia, para finalmente controlarla con plena libertad. El porcentaje de almas que se apartan de la expresión en los tres mundos es relativamente tan pequeño —en proporción al número de almas que exigen experiencia en los tres mundos— que, hasta podría afirmarse, la muerte reina triunfante en el ciclo o era que denominamos cristiano. Sin embargo, estamos en vísperas de ver un cambio total de esa condición, debido a que la humanidad —en una escala mucho más amplia que nunca— está logrando una necesaria reorientación; los valores superiores y la vida del alma, a medida que son registrados por medio de la insistencia de la mente en sus aspectos superior e inferior, están comenzando a ejercer control. Esto forzosamente [318] traerá una nueva actitud hacia la muerte, y será vista como un proceso natural y deseable, experimentado cíclicamente. Los hombres comprenderán finalmente el significado de las palabras de Cristo cuando dijo: “Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”. En el episodio en que pronunció estas palabras se refirió al gran acto de restitución que denominamos muerte. Reflexionen sobre dicho relato y observen el simbolismo del alma, contenida en el alma universal, como el pez en el agua, y sosteniendo una moneda de metal, el símbolo de la materia.
Dos pensamientos principales servirán para esclarecer el tema de la muerte que ahora nos concierne: Primero, el gran dualismo siempre presente en la manifestación. Cada dualismo tiene su propia expresión, está regido por sus propias leyes y busca sus propios objetivos. Pero —en tiempo y espacio— sumergen sus intereses en bien de ambos, y juntos producen la unidad. Espíritu-materia, vida-apariencia, energía-fuerza, cada uno tiene su propio aspecto emanante; cada uno tiene una relación entre sí, cada uno tiene un objetivo mutuo temporario, y así al unísono producen la eterna afluencia, el cíclico flujo y reflujo de la vida en manifestación. En este proceso de relación entre Padre-Espíritu y Madre-Materia, el hijo viene al ser, y durante la etapa infantil lleva a cabo sus procesos de vida dentro del [319] aura de la madre, y aunque identificado con ella trata siempre de escaparse de su dominio. Cuando llega a la madurez se intensifica el problema y el “tirón” del padre comienza lentamente a neutralizar la actitud posesiva de la madre, hasta que el asimiento de la materia, o de la madre, sobre su hijo (el alma), es finalmente roto. El hijo, el Cristo-Niño, liberado de la tutela y de las aferradoras manos de la madre, llega a conocer al Padre. Les estoy hablando en símbolos.
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Todos los procesos de encarnación, de vida en la forma y de restitución (por la actividad del principio muerte), de materia a materia y de alma a alma, son llevados adelante bajo la gran Ley Universal de Atracción. ¿Pueden imaginarse una época en que el proceso de la muerte, claramente reconocido y bienvenido por el hombre, sea descrito con la sencilla frase: “Ha llegado el momento en que la fuerza atractiva de mi alma requiere que abandone y restituya mi cuerpo al lugar de donde vino”? Imagínense el cambio a producirse en la conciencia humana cuando la muerte sea considerada como un acto de simple y consciente renuncia a la forma…
En Un Tratado sobre Magia Blanca ya me ocupé del tema de la muerte, concentrándome principalmente sobre los procesos físicos de la muerte, haciéndolo desde el punto de vista del espectador u observador. Traté de indicar cuál debía ser la actitud del espectador. Aquí quisiera presentar un cuadro algo diferente, describiendo lo que sabe el alma que se va. Si esto conlleva una repetición de lo que ya conocen, hay sin embargo ciertas fundamentales repeticiones y enunciados que deseo hacer.
La muerte es un proceso de aunamiento[1]. Si sólo pudieran ver un poco más lejos dentro de la materia, verían que la muerte libera la vida individualizada, llevándola a una existencia menos restringida y confinada, y finalmente —cuando el proceso de la muerte ha sido aplicado a los tres vehículos en los tres mundos— a la vida de la universalidad. Este es un punto de inenarrable bienaventuranza.
Estos son pensamientos significativos. Ya han sido expresados antes, pero fueron desechados por simbólicos, por reconfortantes o por quiméricos. Se los presento como de naturaleza fáctica, como inevitables en la práctica, y como una técnica y proceso tan familiar como esas actividades (de naturaleza rítmica y cíclica) que rigen la vida del hombre término medio —levantarse y acostarse, comer y beber, y todos los periódicos asuntos que acostumbra seguir.
Debe tenerse presente una cosa, y es que las palabras “la tierra a la tierra, y el polvo al polvo”, tan familiares en los rituales funerarios de Occidente, se refieren a este acto de restitución y significan el retorno de los elementos del cuerpo físico a la reserva original de materia, y de la sustancia de la forma vital a la reserva etérica general; las palabras “el espíritu que Dios otorgó volverá a Él” es una referencia distorsionada de la absorción del alma por el alma universal. Sin embargo los rituales comunes no acentúan que el alma individualizada, en proceso de reabsorción, instituye y ordena por un acto de la voluntad espiritual, esa restitución. En Occidente se olvida que esta “orden de restitución” fue [325] dada frecuentemente en el trascurso de las edades por cada alma dentro de una forma física… Vale recordar, verdad, que por la deliberada emisión de la orden del alma en su propio plano a su sombra en los tres mundos, el alma aprende a expresar el primero y más elevado aspecto de la divinidad, y esto al principio, y por muy largo tiempo, sólo a través del proceso de muerte. En la actualidad, la dificultad reside en que relativamente pocas personas son conscientes del alma, y en consecuencia la mayoría de los hombres son inconscientes de los “mandatos ocultos” de sus propias almas. A medida que la humanidad vaya siendo consciente del alma (y será uno de los resultados de la agonía de la actual guerra), la muerte será considerada como un proceso “ordenado”, llevado a cabo en plena conciencia y con comprensión del propósito cíclico.
Extraído de: Un Tratado sobre los Siete Rayos – Tomo IV “Curación Esotérica”, Alice A. Bailey.
[1] at-one-ment.
Detalles:
Programa:
Reflexión sobre los Libros Azules
Etiqueta: Reflexión sobre los Libros Azules
Fecha: 29-09-2022



